Vigilado por altas paredes rocosas, el río Cabuya corre apacible. En una de sus riberas, donde la naturaleza dejó un boquete y solo unas pocas sombras alejan la luz, un enorme farallón atrae la atención, no porque sea una roca de unos 20 metros de largo y unos siete de ancho, ni porque el paisaje conspira para que el visitante la note, sino porque está llena de grabados: caras, soles, lunas, figuras geométricas, cruces...
Ese es El Farallón, un sitio declarado monumento nacional en 1998 y que está formado por decenas de petroglifos, creados por nuestros indígenas entre los primeros años de la era cristiana y los 800 después de Cristo.
Así, El Farallón podría ser uno de nuestros más grandes y antiguos libros de historia nacional, uno que los especialistas no han empezado a descifrar aun.
Juan Vicente Guerrero, arqueólogo del Museo Nacional, piensa que sus autores pudieron ser los ancestros de los corobicíes.
Esta obra indígena esta ubicada en la finca Las Lomas, a unos 12 kilómetros del centro de Cañas. Esa propiedad, en cuya entrada se advierte que el acceso al monumento es restringido hasta que se cree un proyecto de manejo del mismo, pertenece desde hace muchas décadas a la familia López.
Lo que se ve
Tras una necesaria restregada de ojos para creer aquello, el visitante se da cuenta que toda la pared está llena de símbolos, aun en las partes que la vista no alcanza, que ha tapado la vegetación o que han sido erosionadas por el agua.
"Creemos que este fue un sitio ceremonial. En otras partes del país se han encontrado muchos petroglifos impresionantes pero en bloques de piedra más pequeños, nunca habíamos descubierto uno de la monumentalidad de este", confiesa Guerrero.
La pared de ignimbrita está perforada por huecos; no obstante, el hecho de que en algunos casos se comuniquen y su colocación, descartan que sean naturales; más bien Guerrero piensa que allí se ponían palos y se montaban escaleras.
Cuerpos de indígenas, rostros felices y otros con expresión nostálgica, círculos, peces, un sol y una cruz son de las figuras más evidentes. Pero por allí se esconden otras representaciones abstractas.
"Los indígenas usaron técnicas comunes en esa época como el acanalado o el bajo relieve para realizar esas representaciones", agrega Guerrero.
Este conjunto de petroglifos es enigmático y se guarda sus secretos. Entre más luz hay, las sombras hacen más difícil encontrar sus figuras; mas, conforme oscurece, devela la mayor parte de sí hasta que la oscuridad se lo traga por completo.
¿Qué dice allí? Nadie lo sabe, ni la familia López, ni los arqueólogos. Eso sí, especulaciones y hasta leyendas sobran.
Según la familia, unos cuentan que el lugar fue un sitio de sacrificios y hasta hubo algún poblador que afirmó encontrarse un esqueleto que se levantó y lo asustó. Tampoco falta quien haya oído ruidos extraños que lo han hecho salir despavorido; los López nunca han visto ni oído nada anormal.
Desprotegido
Este testimonio ha empezado a borrarse y corre el riesgo de que, si no se cuida, desaparezca. El hombre y las inclemencias del tiempo se han convertido en sus torturadores.
A pesar de la vigilancia de la familia López, alguna gente picó la roca y en algún caso le arrancó un trozo. Además, hace muchos años el pico que protegía a El Farallón del sol y del agua se cayó y la pared quedó expuesta.
Esta especie de desnudamiento ha provocado que cuando llueve los chorros de agua corran por esas escrituras, que una mancha blanca se haya formado sobre la piedra y que la ignimbrita se erosione, explicó tanto Juan López como Guerrero.
La Oficina de Patrimonio Cultural ha previsto una partida de ¢5 millones para realizar obras que disminuyan el impacto de esos problemas.
Sin embargo, eso es apenas un poco de ayuda. "Nosotros tuvimos la iniciativa de que esto se convirtiera en monumento porque al estar frente a él nos dimos cuenta de que no era de nosotros, sino de todos los costarricenses. Queremos que todos lo vean y para eso queremos hacer un pequeño proyectito turístico, pero para eso necesitamos ayuda y hasta ahora la Municipalidad ha sido poco participativa", explica Juan López, el hijo mayor de la familia.
Según Guiselle, esposa de Mariano López otro de los hijos de Israel López, quien compró la propiedad, y Juan, ellos tienen interés primero en ofrecer paseos a caballo, comida y, en un futuro, tener cabañitas. No obstante, el proyecto no ha pasado de buenas intenciones.
Y es que el plan de manejo y los trabajos en El Farallón están en pañales. "Es necesario que calquemos los dibujos de la pared, eso nos permitiría estudiar la escritura y hasta descifrarla", comenta Guerrero.
No obstante, las necesidades de la iniciativa son tan monumentales como la roca: el camino de acceso a la finca de los López está en mal estado: en invierno solo entran vehículos doble tracción. Y si el trayecto se hace a pie es cansadísimo y aun no se cuenta con los servicios básicos para atender a grandes grupos de visitantes, más allá de una gran hospitalidad hogareña.
Al ser consultado acerca del interés de la Municipalidad de Cañas en El Farallón, Eduardo Parajeles, el alcalde, expresó que al ser una propiedad privada se ven inhabilitados de participar más activamente; además de que no cuentan con la capacidad económica para una fuerte ayuda. "Hay otros proyectos más prioritarios que ese. Si hubiese un convenio entre varias instituciones para ayudar, arreglar el camino o algo así, entonces pondríamos nuestro equipo", agrega.
Para la regidora municipal Rosa Emilia Barrios, es evidente que el Concejo no ha aquilatado el valor de ese monumento.
Por ahora, El Farallón es un privilegio de unos pocos ojos y de muchas historias. Y por temor a que ese testimonio sea dañado o que la visitación del lugar se vuelva inmanejable y les cause daños en su propiedad, la familia López tiene restringido el paso; así, El Farallón solo le muestra a la naturaleza que lo rodea y al apacible río Cabuya su historia milenaria.
¿Qué son los petroglifos?
Son representaciones realistas o abstractas, con carácter social, de las culturas prehispánicas.
En toda Centroamérica se han encontrado piedras con estos grabados.
Se cree que son la más antigua forma de escritura de nuestros antepasados.
En Costa Rica, se han descubierto petroglifos, aunque estampados en rocas más pequeñas. En el Monumento Nacional Guayabo (Turrialba) y en otras fincas de Guanacaste han sido visto petroglifos.
Fuente: Juan Vicente Guerrero, arqueólogo del Museo Nacional de Costa Rica.