Redacción Central. Slobodan Milosevic afronta su destino en total soledad, frente a los jueces del Tribunal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) que lo juzgarán por genocidio y crímenes de guerra en los Balcanes.
En su ocaso, Milosevic está solo e incomunicado en la celda del TPIY, donde apenas ha podido recibir visitas de su familia, que era un gran sustento para él, y vigilado para evitar que se suicide como hicieron sus padres.
Pero no ha perdido la arrogancia. En las vistas preliminares se ha mostrado altivo y provocador, negándose en todo momento a seguir el procedimiento judicial e incluso a contar con abogados defensores.
"Esta es una batalla que no estoy dispuesto a perderme", proclamó jactancioso hace unas semanas al solicitar al Tribunal que le concediera la libertad provisional hasta el comienzo del juicio, que sin duda aprovechará como tribuna política.
Expresidente de Serbia y de Yugoslavia, líder de los serbios durante 13 años, Milosevic fue puesto a disposición del TPIY el 28 de junio del 2001.
El Gobierno serbio eligió una fecha especialmente dolorosa para él, que en la memoria tendrá aquel 28 de junio de 1989 en que su estrella brillaba en lo más alto: un millón de personas se congregaron para escucharle, entusiastas, en el 600 aniversario de la mítica batalla (perdida) de Kosovo.
La estrella se apagó el 5 de octubre del 2000. Unas 300.000 personas llegaron a Belgrado de toda Serbia para obligarlo a aceptar que había perdido unas elecciones, cuando aún maniobraba para convocar una segunda vuelta.
En abril del 2001 era detenido bajo sospecha de abuso de poder y malversación de fondos y encarcelado en Belgrado, pero la causa que la Justicia yugoslava seguía contra él tropezó por falta de pruebas.
Fue extraditado al TPIY a cambio de una ayuda que Yugoslavia necesitaba para salir de la ruina, y apenas unos miles de partidarios salieron a la calle para "impedirlo".
El Tribunal para la antigua Yugoslavia lo acusa de crímenes contra la Humanidad en Kosovo y Croacia y de genocidio en Bosnia.
"Yo duermo muy tranquilo y mi conciencia está en perfecta paz", dijo Milosevic en diciembre del 2000, en una de sus raras entrevistas, ya como líder de la oposición en Serbia.
Las crónicas de su ascenso al poder hablan de un hombre gris, un burócrata a la sombra de su amigo y presidente serbio, Ivan Stambolic, que lo mandó a Kosovo el 24 abril de 1987, el día en que pronunció la frase que lo proyectó ante los serbios: "nadie osará pegaros".
Milosevic emprendió la tarea de abolir la autonomía de que gozaban los albaneses de Kosovo y no pestañeó a la hora de desplazar a Stambolic, quien confesaba en aquel tiempo que lo había "querido más que a su propio hermano".
"Los nacionalistas se apoderaron de él. Y no es que a él le gustara demasiado, pero supo que políticamente era muy rentable", explicaba Stambolic.
Algún diplomático que se entrevistó con Milosevic para detener las guerras yugoslavas llegó a comentar que se ofendía sinceramente cuando se le llamaba "nacionalista".
La Yugoslavia comunista daba síntomas de desintegración y Milosevic vio en la causa serbia un filón y en el mito de Kosovo, del heroico enfrentamiento contra el Imperio Otomano, su componente romántico.
Prometió a los serbios el derecho a "vivir juntos en un solo Estado" y se ganó a un pueblo que se sentía discriminado en la Yugoslavia del croata Tito, que había despedazado Serbia dando la autonomía a las provincias de Kosovo y Voivodina.
El 28 de junio de 1989, un millón de personas se congregaron para un mitin triunfal en Kosovo.
"El heroísmo de Kosovo no nos permite olvidar que fuimos valientes y dignos (...) Seis siglos después, estamos de nuevo en la lucha", les dijo Milosevic, dándoles a entender que habría que prepararse para la batalla.
Vinieron años de guerras en Croacia (1991) y Bosnia (1992-95) en los que Milosevic apoyó a los serbios en su lucha por el territorio, aunque arrastró a su país al bloqueo internacional y a soportar la llegada de medio millón de refugiados.
En Kosovo, el líder albanés Ibrahim Rugova había declarado la independencia y gestado un Estado paralelo que Milosevic dejó estar hasta 1998, con la aparición de la guerrilla del UCK.
Fue Milosevic el que introdujo el multipartidismo en Serbia y se alzó con la mayoría en todas las elecciones con las guerras de trasfondo, hasta que perdió Kosovo luchando contra la OTAN, en 1999.
En su estilo, poco dado a apariciones públicas, de verbo sin brillo, compareció sólo dos veces por televisión para explicar a su pueblo por qué se enfrentaba a la OTAN, al principio y al final.
Aún seguía hablando del triunfo de la independencia, la libertad y la paz. Su argumento fue hasta el final que los serbios eran víctimas de una conjura de Occidente y gozaban del apoyo de todo el otro mundo "libre".
Aún suelta ese discurso en su defensa en La Haya. Para él, la acusación de genocidio en Bosnia es un "absurdo supremo" porque merece el "crédito" por hacer los acuerdos de paz de 1995.
Milosevic dice que el TPIY pretende dar cobertura a la "agresión" de la OTAN contra Yugoslavia y para demostrarlo llamará como testigos a quienes ordenaron aquellos ataques, como Bill Clinton y Javier Solana.
En uno de los múltiples intentos por describir la personalidad de Milosevic, el historiador Aleksa Djilas, hijo del disidente yugoslavo Milovan Djilas, lo consideraba un maniobrero, pero mal planificador; un demagogo, sin llegar a agitador de turbas, y un ser encantador, aunque poco apegado a otras personas.
A quien más apegado estuvo fue a su esposa, compañera desde la adolescencia y aliada política. Los muchos críticos de Mirjana Markovic decían que soñaba con que su Slobo fuera tan grande como Tito.
En los días en que lo visitaba en la prisión de Belgrado, a Mirjana se le ocurrió que su Slobo "se habría merecido un país más grande y más agradecido".
Edición periodística: Adriana Quirós Robinson, Editora nacion.com Fuente: agencias.