En aquel tiempo, exclamó Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os los aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera."
Comentario dominical
Palabra del Señor
Hallaréis descanso
Hoy es domingo 2 de noviembre. Se celebra la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Esta celebración litúrgica se empezó en Roma a partir del siglo XIV y, bajo la influencia de los monjes de Cluny y, como algo especial, cuenta con los formularios de tres misas distintas.
Para este comentario he elegido el texto de Mateo 11, 25-30, correspondiente a la primera misa.
Y, hablando de "hallaréis descanso", palabras de Jesús y título que encabeza el escrito, cabe el recordar aquí el modo de expresarse de nuestra gente al referirse a alguien que acaba de morir: "Dios lo descansó", eco de las palabras que cierran los reposos por los difuntos, "descanse en paz", el requiescat in pace de antes.
Ciñéndose ahora al evangelio que comento, hay que decir ante todo que consta de dos partes: la revelación de la buena nueva de la salvación a los sencillos, juntamente con la íntima relación entre el Padre y el Hijo, y la invitación al descanso en Jesús, maestro bondadoso.
Después de que los setenta y dos discípulos han vuelto de sus correrías apostólicas, Jesús da gracias al Padre por el éxito de su misión y porque ha descubierto "estas cosas", es decir, los misterios del Reino a los "pequeños", a los discípulos, y no a los sabios e inteligentes, a los escribas y fariseos.
Y es que el mensaje de Jesús, el Evangelio, no se puede captar con el mero entendimiento, por agudo que sea, sino mediante una especial revelación, la del Padre y según su beneplácito. En realidad el Evangelio se predica a todo el mundo, pero son sólo los humildes los capaces de acogerlo.
La profesión de las relaciones íntimas con Dios y la invitación a hacerse discípulo, según los entendidos, evocan no pocos pasajes de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Jesús se atribuye así el papel de la Sabiduría, pero de una manera eminente, no ya como una personificación, sino como una persona, el "Hijo" por excelencia del "Padre". Jesús, a la luz de este texto, muestra una clara conciencia de su filiación divina, única y del todo singular.
Ahora, la invitación a los fatigados y sobrecargados. ¿Quiénes son ellos? Originariamente aquellos que soportan el peso de la Ley y de las observancias farisaicas que las recargan más todavía. Mas, en general, los que sufren y son oprimidos son los pobres (cf. 5, 3-5), a los que se proclama la buena nueva de la salvación (11, 5). Son los mansos y humildes de corazón de la primera y la tercera bienaventuranza del Sermón de la montaña, aquellos que, por lo mismo, están más cerca del modo de ser propio de Jesús que a sí mismo se dice "manso y humilde de corazón".
El "yugo" de Jesús, y con él la "carga", suave aquel y ligera esta, son la sumisión, no ya a la Ley, sino al Reino de Dios, que no impone ningún peso a los que lo aceptan, sino que más bien les facilita el trabajo de llevar cargas que ya tienen, dándoles al mismo tiempo un "descanso" que sólo Jesús puede dar ya aquí en la tierra, y después el Eterno en el cielo, el mismo que deseamos y pedimos para nuestros difuntos, en la conmemoración de todos ellos.