Por Teresa Bouza
Washington, 6 nov (EFE).- El "caso Plame", por la filtración a la prensa del nombre de una espía de la Agencia Central de Información (CIA), que tiene a la Casa Blanca patas arriba, demuestra que en Estados Unidos el "mentiroso" sigue siendo un apestado social.
"La mentira está muy castigada, tanto legal como moralmente", dijo a EFE el psiquiatra español Luis Rojas Marcos, radicado en Nueva York desde hace 37 años y quien recuerda que ocultar la verdad casi le costó la presidencia a Bill Clinton.
Al igual que Clinton, Lewis "Scooter" Libby, el hasta hace poco hombre de confianza del vicepresidente, Dick Cheney, está en apuros no por lo que hizo, sino por lo que dijo.
Libby mintió a un jurado investigador y a la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) al asegurar que obtuvo información sobre Valerie Plame, la agente de la CIA en cuestión, a través de un periodista, cuando en realidad se enteró mediante funcionarios de alto rango de la Casa Blanca.
Ese supuesto engaño podría costarle hasta 30 años de cárcel, si es declarado culpable.
En países como España, los de Latinoamérica o del mundo árabe, hay más exageración y desconfianza, y una mayor tolerancia a la mentira, según algunos expertos.
"En EEUU llamarle a alguien mentiroso es uno de los peores insultos", dijo a EFE Charles Bond, psicólogo y profesor de la Universidad Cristiana de Texas.
Rojas Marcos señaló que sus amigos en España le preguntan sorprendidos cómo pueden ser tan ingenuos los estadounidenses al no haber cuestionado la afirmación de la Casa Blanca de que Irak tenía armas de destrucción masiva.
"Yo les digo que la mayoría simplemente no puede aceptar que EEUU fuese a la guerra basándose en engaños", indicó el psiquiatra, y ello a pesar de que Dwight Eisenhower, Richard Nixon y Bill Clinton mintieron, y fueron descubiertos, durante sus presidencias.
La influencia del Puritanismo -la estricta rama del protestantismo que practicaban los primeros colonos ingleses que se asentaron en EEUU a principios del siglo XVII- explicaría parte del rechazo al embuste.
Los puritanos insistían, entre otras cosas, en la importancia del individualismo.
Rojas Marcos citó una encuesta reciente en el diario "The New York Times" que señalaba que el 65 por ciento de los estadounidenses se mostró de acuerdo con la frase: "Mi vida está movida por fuerzas bajo mi control", justo lo contrario de lo que respondieron los encuestados de Pakistán, India o Turquía.
Eso indicaría que en EEUU el decir o no la verdad también estaría bajo control del individuo, que es considerado mucho más responsable de sus actos que aquellos que viven en sociedades más colectivistas.
Algunos dudan, de todos modos, que la falta de tolerancia hacia la mentira sea tan genuina como en el pasado.
Uri Gneezy, profesor de la Facultad de Negocios de la Universidad de Chicago dijo a EFE que un 80 por ciento de sus alumnos, a los que agrupa en equipos de dos -un comprador y un vendedor- durante las clases, dice mentir en las negociaciones.
"Se miente mucho, pero no se acepta que a uno le llamen mentiroso. Eso termina la negociación", apuntó Gneezy.
Christopher Wellman, profesor de Filosofía en la Washington University (Misuri) sostuvo que, a diferencia de hace unos años, los padres tienden a defender a sus hijos cuando estos mienten en clase.
"El país puede estar cambiando pero lo hace lentamente", señaló Rojas Marcos. "Tengo cuatro hijos que han crecido aquí y el mentir en la escuela todavía se considera grave".
"Yo aprobé una asignatura copiando en España y si te descubrían no suponía una mancha en tu reputación o identidad. Aquí te pueden expulsar del colegio", destacó el experto.
Los académicos indican que la mentira es, en cierto modo, una herencia genética: los animales, dicen los estudiosos, se hacen los muertos, o se camuflan, para sobrevivir.
"Forma parte de la vida y no puede ni debe ser eliminada, pero debe ceñirse a circunstancias muy limitadas porque puede ser muy dañina", señaló a EFE Andrew Altman, profesor de ética de la Universidad de Georgia. EFE
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