Sofía no sabe leer –claro está pues apenas tiene cuatro años–, pero ama los cuentos y le gusta comentarlos mientras observa las ilustraciones. También disfruta hablar con sus padres sobre lo que aprende en el
Escuchar historias, jugar con palabras y participar en conversaciones a temprana edad son estímulos que ejercen un poderoso impacto en el desarrollo cognitivo de los niños y favorecen su capacidad de aprendizaje a largo plazo.
Las experiencias iniciales interactúan con los genes y moldean la arquitectura del cerebro durante los primeros años de vida, cuando se forman 700 conexiones neuronales por segundo.
Tales hallazgos de las neurociencias brindan criterios para orientar los procesos iniciales de la lectoescritura en la etapa preescolar –entre los 0 y los 6 años de edad–, un desafío planteado por el informe
Estudios demuestran que los estímulos recibidos en esa etapa –cuando ocurre la mayor parte del desarrollo cerebral– son decisivos para la adquisición de las destrezas numéricas, las de lenguaje, razonamiento y otras de gran relevancia en la “sociedad del conocimiento”.
Por ejemplo, el acercamiento a los libros y al mundo de las letras –de una manera lúdica y adecuada a su edad– permite que los niños afronten con mayor éxito el reto de aprender a leer cuando ingresan en la escuela.
“Uno de los hallazgos más destacados de la ciencia del desarrollo cerebral es la noción de que las experiencias infantiles tempranas afectan al desempeño estudiantil posterior, así como a la salud física y emocional en los años de la primaria, y también en la secundaria y la vida adulta.
“Una base sólida en los primeros años incrementa la posibilidad de resultados positivos, pero una base débil aumenta la posibilidad de que surjan dificultades posteriores”, nos explicó Jack Shonkoff, director del Center on the Developing Child (Centro para el Niño en Desarrollo), de la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos.
En una entrevista con
“La arquitectura básica del cerebro se construye durante un proceso continuo que empieza antes del nacimiento y permanece aún en la edad adulta. Así como ocurre en la edificación de una casa, el proceso constructivo se inicia con las bases, con el trazado de las habitaciones y el cableado del sistema eléctrico en una secuencia predecible, y continúa con la incorporación de las características que reflejan el aumento de la individualidad a través del tiempo”, describió Shonkoff.
Ese proceso indica que la primera infancia constituye el tiempo ideal para ofrecer experiencias que moldeen circuitos cerebrales saludables. El cerebro de un niño pequeño es el terreno más fértil para sembrar conocimientos que más adelante lo ayudarán a rendir mejores frutos.
Por ejemplo, la habilidad de un niño para nombrar objetos depende del desarrollo previo de la capacidad de diferenciar y reproducir sonidos en su lengua materna. Asimismo, los circuitos asociados a la habilidad de unir palabras y hablar en frases crean los fundamentos para la posterior conquista de leer una oración escrita en un libro.
Las brechas comienzan a aparecer desde los 18 meses en el repertorio de palabras de los niños. A los tres años de edad, aquellos que provienen de familias de altos niveles educativos poseen casi el triple del vocabulario que los hijos de padres que no completaron la secundaria.
Cuando estos menores llegan a la escuela, ya se encuentran en desventaja. Por tanto, las barreras que afronta el éxito escolar empiezan de forma precoz y aumentan si no hay una pronta intervención.
Así lo manifestó otra catedrática de la Universidad de Harvard, Catherine Snow, reconocida autoridad en el lenguaje:
“Las diferencias que hay entre los niños en cuanto al desarrollo del vocabulario simplemente reflejan desigualdades en la cantidad de conceptos que son familiares para ellos, e indican cuánto saben del mundo que los rodea. El ambiente educativo necesita proveer, a los niños, de libros, rincones de ciencias, excursiones, aulas sistemáticamente enriquecidas con mapas, obras de arte, música, dramatización, para asegurarse de que los niños situados en desventaja socioeconómica tengan dominios de conocimiento y una gran serie de temas para conversar”.
“Conforme el cerebro que madura se va especializando en desempeñar funciones más complejas, es menos capaz de reorganizar y adaptarse a nuevos o inesperados desafíos. Una vez que el circuito neural ha sido cableado –es decir, que se han establecido las conexiones entre células cerebrales específicas–, se estabiliza con la edad y se hace cada vez más difícil de alterar”, indicó Shonkoff.
Según el experto, crear las condiciones correctas para el desarrollo infantil temprano es más efectivo que atender problemas a una edad tardía. Brindar una educación preescolar sólida es más favorable y menos costoso para la sociedad que resolver las dificultades de estudiantes que repiten grados o desertan del sistema educativo.
“Ha llegado el momento de cerrar las brechas que hay entre lo que sabemos –gracias a la investigación científica– y lo que hacemos –a través de las prácticas y políticas de los sectores públicos y privados– para promover un desarrollo sano en todos nuestros infantes”, concluyó Jack Shonkoff.
Como en el caso de la pequeña Sofía, es probable que muchos padres se sorprendan al ver lo que sus hijos pueden lograr cuando disfrutan de un ambiente estimulante.