LA CRUZ O EL DESEO: en esa disyuntiva se ve el joven padre Amaro poco después de llegar a la parroquia de Los Reyes, cuando descubre la pasión erótica que le provoca la belleza de Amelia, una jovencita de 16 años, catequista del lugar, y juzgada (por otros más escépticos) como una simple tragahostias.
Ese es el nudo dramático de una historia que encuentra, en el cine, su expresión más polémica: así sucedió al anunciarse, en México, el estreno de la película El crimen del padre Amaro (2002), dirigida por Carlos Carrera, realizador premiado con la Palma de Oro en Cannes (1994) por su corto animado El héroe.
Esta cinta mexicana encontró, pronto, la resistencia de algunos grupos católicos conservadores y de algunos miembros de la jerarquía eclesiástica, quienes se opusieron a su exhibición con la idea de que el filme "atenta contra las creencias católicas".
Como un bumerán, esa reacción se convirtió en una especie de publicidad para la película, que pronto vio crecer sus taquillas y su distribución más allá del territorio mexicano. El filme se iba a estrenar con el título de El milagro de Villa Aldama, pero -al final- se mantuvo el de la novela en que se basa, publicada en Lisboa en 1875 y escrita por el portugués Eça de Queiroz (1845-1900).
La traslación de los acontecimientos a la época actual y al México tan latinoamericano es obra del dramaturgo y guionista Vicente Leñero, quien escribió un texto para sacudir mojigaterías sin necesidad de llegar a la irreverencia: no se trata de un sermón sobre el escándalo, sino una denuncia clara sobre los errores que pueden consumir a una estructura religiosa tan fuerte como la católica.
En el argumento, el padre Amaro (el actor Gael García Bernal) no solo se ve arrastrado por el deseo lujurioso hacia Amelia (Ana Claudia Talancón), en ruptura con lo que él llama un "obligado voto de castidad", sino que detecta -además- el quehacer poco bendito del padre Benito (Sancho Gracia) para obtener beneficios del narcotráfico.
Todavía más: el padre Amaro aprende a moverse entre la verdad y la mentira, sí, cuando percibe la conveniencia de estar al lado de su obispo frente al padre Natalio (Damián Alcázar), a quien acusan de subversivo por su vivencia evangélica con los campesinos pobres de la región. En fin: Amaro descubre los juegos de poder mientras es arrastrado por el poder del deseo carnal. Amaro cambia como persona y como sacerdote.
Puntual en sus formas o estilo escénico, con buenas actuaciones y mejor guion, esta película resulta coherente y fluida, sociológicamente importante y sin vocación sacrílega: es buena y es bueno verla, sin escándalo en la mirada.