La capacidad humana para crear es fuente inagotable en la ficción y transita siempre con los estados emocionales del hombre. Por eso, la fantasía es la etapa última del proceso de conocimiento.
Así, ningún tema se acaba en la recreación de lenguajes imaginarios. No hay epitafios. Menos en el cine. Cualquier asunto es capaz de surgir y resurgir en la constante del crear constante. Sobre todo en el cine. Es lo que viene a demostrar la presencia del filme Alien: La resurrección, cuarto en las aventuras del personaje Ellen Ripley, suma argumental de una serie en el discurso de lo fantástico, que ahora se estrena en los cines Magaly, Rex, Colón, San Pedro, Cariari, Cinemark e Internacional.
Todo comenzó con Alien, el octavo pasajero (de Ridley Scott, 1979); continuó con Alien, el regreso (de James Cameron, 1986) y con Alien 3 (de David Fincher, 1992). En esta última, Ripley llega a una cárcel en el trasero del espacio y libra su lucha última lanzándose a un caldero para matarse y, con ella, matar al embrión de un alien que había depositado en su interior el conocido monstruo espacial.
El personaje revive
Nadie hubiera pensado en ese momento que la actriz Sigourney Weaver encarnaría de nuevo a Ripley. Sin embargo, el guionista Joss Whedon habría de encontrar la idea oportuna para una resurrección del personaje y de nuevos acontecimientos: aventura, acción, denuncias y reflexiones, trasiego de ficción.
En Alien: La resurrección, todo sucede aproximadamente 200 años después de la muerte de Ripley, cuando un grupo de científicos sin escrúpulos y en investigaciones espurias, logra resucitarla luego de siete intentos dolorosos y fallidos. Ripley es la experiencia número ocho lograda a partir de muestras de sangre gracias al proceso genético de la clonación. En tanto, el DNA de Ripley ha sido mezclado con el DNA de la criatura alienígena.
Por allí comienza a articularse una nueva historia, tan coherente como impactante, tan intensa como cuestionante, en la racionalidad fantástica de la ciencia-ficción, con contenidos e imágenes en relación directa. Precisamente, para la puesta en escena fue llamado el director Danny Boyle, el de Trainspotting (1996), pero fue hecho a un lado por discrepancias en el argumento (más que en la idea escénica).
Ansiedades y misterios
Descartado Boyle, los productores llamaron al realizador francés Jean-Pierre Jeunet, de quien conocimos dos películas suyas (en colaboración con Marc Caro): una estrenada en la Sala Garbo, Delicatessen (1990), y otra que solo llegó en vídeo, La ciudad de los niños perdidos (1995). El director francés supo mantener para esta nueva y sorprendente aventura de Ripley, sin asumir mucho riesgo, los malabares visuales y las inquietudes existenciales que han estado a lo largo de la serie. Lo suficiente para darle vida a la película y estremecerla en su atmósfera de ansiedades y misterios.
Lo otro fue llamar a Sigourney Weaver, pero de esto se encargó un cheque de once millones de dólares. En Hollywood no hay imposibles.