B osquejo de la República de Costa Rica seguido de apuntamientos para su historia con varios mapas, vistas y retratos es el extenuante título de la versión definitiva del libro fundacional de nuestro pasado. Lo escribió Felipe Molina Bedoya, un ilustre intelectual guatemalteco que dedicó los últimos quince años de su vida al servicio del Estado costarricense.
Molina arribó a nuestro territorio en condición de exiliado a bordo de la goleta Izalco, en 1840. Dicha embarcación tenía como destino final Nueva Granada (la actual Colombia) y la capitaneaba el caudillo de la Federación Centroamericana, el general Francisco Morazán.
Molina contaba con 28 años cuando Braulio Carrillo, jefe de Estado costarricense, le otorgó el beneplácito para que se estableciera en la tierra donde daría sus mejores frutos como hombre de gobierno.
El funcionario. Graduado de topógrafo en los Estados Unidos y con un fluido manejo del idioma inglés, Molina se incorporó rápidamente en el desempeño de un conjunto variado de responsabilidades dentro del naciente Estado de Costa Rica.
Formó parte de la Junta Directiva de la Sociedad Económica Itineraria, que transformó el camino mulero a Puntarenas en uno de carretas para la exportación de café.
Más tarde, Molina fue representante diplomático de nuestro país ante Nicaragua para tratar asuntos limítrofes. También nos representó ante otras naciones como Gran Bretaña, Francia, Rusia, España y la Santa Sede. Molina contribuyó así con el reconocimiento de Costa Rica como república e impulsó diversas iniciativas con el fin de construir una vía interoceánica que beneficiara al país.
En su condición de ministro plenipotenciario en Europa, Molina nombró los primeros cónsules de nuestro país en el viejo continente y se dedicó a la búsqueda de documentos que apoyasen los derechos de Costa Rica en sus disputas limítrofes con Nicaragua.
Adicionalmente, fue una pieza clave en la lucha librada por Costa Rica contra los filibusteros, al informar, en su condición de representante diplomático en Washington, sobre las intenciones que movían a William Walker y sus hom-bres en su desplazamiento hacia Centroamérica, situación que le permitió tomar las previsiones del caso al gobierno liderado por Juan Rafael Mora.
Buena parte de la temprana experiencia diplomática de Molina como representante de los gobiernos de José María Castro Madriz y Juan Rafael Mora se vertió en notables trabajos escritos.
Libro pionero. El Bosquejo de la República de Costa Rica se publicó por primera vez en Madrid en 1850; un año después, ampliado, se editó en la imprenta S. W. Benedict de Nueva York. Su propósito fue promovernos como nación soberana ante otros Estados del mundo occidental. La obra se compone de un compendio geográfico, político y estadístico del país, así como de una memoria de figuras destacadas de la incipiente nación. También incorporó mapas y retratos que dieron un atractivo realce al libro.
Esos rasgos anotados, más el hecho de ser el único libro de historia costarricense escrito hasta ese momento, lo convirtieron en un texto de consulta obligatoria en nuestro país y le dieron el mérito de ser el libro embrionario de la historiografía nacional.
Durante 35 años (hasta 1886), El bosquejo de la República de Costa Rica se utilizó como libro de texto.
De acuerdo con Clotilde Obregón Quesada, prologuista de la edición de El bosquejo preparada por la Editorial de la UNED, en 1886, “una Comisión del Ministerio de Instrucción Pública, constituida por Francisco María Iglesias, Rafael Machado y Miguel Obregón Lizano, acogió la obra Apuntamientos geográficos, estadísticos e históricos de la República de Costa Rica , de don Joaquín Bernardo Calvo Mora”, en lugar del libro escrito por Felipe Molina.
Eso significa que, durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XIX, el pasado costarricense fue conocido primordialmente a través de la obra precursora de Molina.
Muerte prematura. Con 43 años y en pleno apogeo de su carrera diplomática, Molina falleció de tuberculosis en Washington el 2 de febrero de 1855.
En ese momento, The New York Herald comunicó la noticia que luego reprodujo el Boletín Oficial en nuestro país. Parte de la reseña del periódico norteamericano resaltó la labor editorial del intelectual centroamericano:
“El señor Molina ha publicado bosquejos de Costa Rica en varios idiomas y ha escrito informes sobre la cuestión limítrofe entre aquella república y Nicaragua. Entre los libros es la obra más importante El bosquejo de Costa Rica , en español”.
Otro periódico de Norteamérica, The Baltimore Sun , en su edición del 3 de febrero de 1855, relató con detalle la magnificencia de los homenajes fúnebres brindados a Molina, en los que participó el presidente de los Estados Unidos, figuras de la Cámara de Representantes y del Senado, así como lo más selecto del cuerpo diplomático acre-ditado en esa nación.
The Baltimore Sun destacó: “Los restos mortales se llevaron en seguida a la bóveda del cementerio del Congreso, de donde, en un periodo más avanzado se llevarán al lugar de su nacimiento”.
Más tarde, los números 86 y 87 del Boletín Oficial, de abril de 1855, ofrecieron informes sobre las honras fúnebres celebradas en la catedral josefina en memoria del notable hombre de Estado. Ambas publicaciones reprodujeron la emoti-va oración pronunciada por el capellán del Ejército costarricense, Francisco Calvo.
Como huella de su paso por nuestro país, Molina dejó tras de sí el primer libro que registra, con criterios históricos y cronológicos, la trayectoria de la nueva nación costarricense.
EL AUTOR ES ENCARGADO DEL PROGRAMA DE ESTUDIOS GENERALES DE LA UNED Y PROFESOR ASOCIADO DE LA UCR.