La idea de ofrecer bocas en el restaurante el Balcón del Marisco surgió porque la gente que llegaba quería seguir comiendo, pero como los platos fuertes eran tan grandes, a los clientes se les quitaba el hambre, pero no las ganas.
Así que, casi tres meses después de haber abierto, hace ocho años, fabricó un menú de bocas que resultó ser de consulta obligatoria para los súbditos de los mariscos.
El lugar no podría estar mejor ubicado: sobre la vía principal que va a Curridabat. Ahí hace honor a su nombre pues una enorme ventana -del ancho del local- da a los clientes el paisaje de la calle y a muchos, esto de comer y ver para afuera, les encanta.
Por dentro la decoración carece de formalismos, Alberto Jiménez, el dueño, lo denomina como un lugar rústico que él mismo se ha encargado de decorar. "Cada vez que voy a la playa me traigo algo y lo guindo aquí". Lo cierto es que del techo y las paredes cuelgan todo tipo de chunches: fauces de tiburón, jícaras, redes, conchas y hasta canoas... Más que un restaurante parece un museo. Adentro está el bar, recién remodelado, y otro salón no tan rústico como el anterior.
El lugar bien puede ser restaurante, o bien puede ser bar, pues hay un menú para cada faceta. En el primero, los platos son más grandes y con precios más altos, hay unos 60 platillos diferentes.
El menú de bocas tiene nombre propio, se llama: Bocas del mar, y contiene las versiones más pequeñas de algunos de los platos del menú a la carta y a precios más cómodos. De este último los clientes piden con insistencia los cebiches, las sopas, la corvina el pescado entero y hasta el Lomo a la Suiza, nunca falta quien llegue a pedir carne a una marisquería...
Los precios de las bocas oscilan entre los ¢400 a ¢995 y aunque su dueño reconoce que tal vez no sea el más barato del mercado -pues aunque hay bocas a precios accesibles, otras llegan a los ¢1.000-, asegura que "son las mejores". La asistencia para confirmarlo.
Lo visitamos un día entre semana, un lunes para ser precisos, y aunque alguien se inventó ese cuento de que "los lunes ni las gallinas ponen", esa persona no ha venido al Balcón del Marisco. Son las ocho de la noche y en el lugar hay parejas, familias y grupos desperdigados por todo el lugar. Los meseros adornados con camisas playeras junto a la decoración "rústica" le ponen un tono muy colorido a la noche.
Inauguramos el menú con una sopa de mariscos y un filete al ajillo. Ahhh...no hay como probar una sopa de mariscos, en un lugar especializado: consistente, de buen sabor y con bastantes y variados mariscos. Una delicia. El filete no se le quedó atrás: de buen tamaño y acompañado por papas fritas y ensalada.
Nuestra segunda petición fue un arroz con calamares y unos camarones empanizados. El arroz, algo jugoso pero bien condimentado y con los calamares suficientes como para dejarnos satisfechos; unas papas fritas y ensalada de repollo venían con él. El otro era un plato lleno de camarones empanizados y salsa tártara, pequeños pero abundantes.
Hasta aquí todo estuvo bien, tanto, que ya no pudimos comer más, pues estas bocas tienen aires de platos fuertes, después de dos peticiones cada uno, no logramos probar más aunque el menú trataba de seducirnos con un salpicón, una mariscada al ajillo, un pescado entero, unas chuchechas, un... un.... un.... Habrá que volver otro día porque lo que es hoy, estamos más que satisfechos.