Un atento lector me pregunta sobre el vocablo reloj y su origen, sobre todo porque, según él, es un tanto incómoda de pronunciar y está seguro de que siempre decimos / relóc /.
En castellano las palabras que terminan en j pueden contarse con los dedos de la mano. Además se trata de vocablos muy poco usuales: Troj (espacio limitado por tabiques, para guardar frutos y especialmente cereales). Boj (arbusto de la familia de las Buxáceas, de unos cuatro metros de altura, con tallos derechos, muy ramosos, hojas persistentes, opuestas, elípticas, duras y lustrosas, flores pequeñas, blanquecinas, de mal olor...) . Carcaj (caja portátil para flechas, ancha y abierta por arriba, estrecha por abajo y pendiente de una cuerda o correa con que se colgaba del hombro izquierdo a la cadera derecha). Erraj (cisco hecho con el hueso de la aceituna después de prensada en el molino)...
Excepto, desde luego, reloj , común en nuestro idioma desde los inicios del siglo XV y descrito así en el DRAE: “Máquina dotada de movimiento uniforme, que sirve para medir el tiempo o dividir el día en horas, minutos y segundos. Un peso, un muelle o una pila producen, por lo común, el movimiento, que se regula con un péndulo o un volante, y se transmite a las manecillas por medio de varias ruedas dentadas. Según sus dimensiones, colocación o uso, así el reloj se denomina de torre, de pared, de sobremesa, de bolsillo, de muñeca, etc.”.
No es de extrañarse el uso frecuente del término reloj . Es el único sustantivo en español que da nombre a un instrumento trascendental: el aparato que registra el transcurso inflexible del tiempo, el paso fugaz de la horas.
El hispanohablante ha descuidado a menudo la pronunciación de esa j final, especialmente en sus conversaciones informales, en las que casi siempre se percibe un simple / reló /. Pero esta conducta responde a un patrón fonético generalizado en algunos otros vocablos que llevan consonantes finales poco frecuentes en nuestro idioma.
La propia Academia, siguiendo la corriente del habla popular, registra bisté, carné, bufé, vermú, coñá y otros términos similares. Claro que el origen extranjero de esas palabras parece justificar la apócope.
No así en reloj , nuestro viejo y castizo reloj del siglo XV. Por eso, la vigésima edición del DRAE (1984) nos trajo una ingrata sorpresa: la oficialización de un reló , así, sin j , aunque –paradójicamente– con el plural tradicional relojes .
[ Recuerdo que, precisamente por aquellos tiempos, un escritor costarricense publicó un poema dedicado a la ciudad de San José, nuestra capital, y expresaba: ...el reló en Catedral, ojo de cíclope... Le sirvió apenas la reciente eliminación académica de la j de reloj , para mantener su métrica endecasílaba].
La gente –aun cuando siguiera pronunciando / reló /– jamás aceptó escribir reló , y los linguistas conscientes y tradicionales se echaron las manos a la cabeza.
No sabemos quién fue el “genio” académico que tuvo la idea de suprimir la j de reloj . Por fortuna, la vida de reló fue efímera: la edición vigésima primera del DRAE (finales de 1992) retiró ignominiosamente del léxico oficial el malhadado reló , que jamás ha vuelto a insinuarse en ninguno de los diccionarios académicos.