
Directora del Museo Nacional
Los Museos del Banco Central han publicado el catálogo El arte como integración cósmica. Manuel de la Cruz González y la abstracción geométrica , un valioso libro de María Alejandra Triana. La obra se divide en tres secciones. La primera es biográfica, la segunda trata sobre la etapa creativa en otros países (Cuba y Venezuela) y la última se dedica a la abstracción geométrica.
El libro se focaliza en la producción abstracto-geométrica de González, que abarca ocho años en Maracaibo y su regreso a Costa Rica. El retorno se resume en una glosa de los años 1958-1971, trienio de prolífica actividad.
En Maracaibo, González trabajó con rigor el aspecto formal de la abstracción para dar sustento teórico y filosófico a sus creaciones. Su creencia en que el universo estaba regido por un orden inherente a la geometría lo llevó a sustentar la idea del arte como integración cósmica.
Según la autora, las obras de González pretendían ser un puente entre el espectador y una visión espiritual del cosmos. Triana explica cómo el artista construyó el corpus intelectual que dio sentido a sus composiciones.
González se propuso crear relaciones rítmicas y melódicas, mediante formas geométricas y colores que al vincularse alcanzaran la armonía musical. Triana señala que González se propuso pintar la música como Kandinsky pretendió alcanzar, en su pintura, una obra de Schönberg o de Bach.
Al conocer el entorno, las circunstancias y los artistas que rodearon a Manuel en Cuba y Venezuela, el lector puede apreciar mejor el proceso que lo condujo a desarrollar una profunda fascinación por el número, la línea y las proporciones.
Bajo la mirada de Triana, entendemos cómo la obra de González evolucionó de un periodo de experimentación cubista con influencia expresionista y fauvista a una etapa de formas más simples, estilizadas y sintéticas.
El aporte de la autora es indiscutible. Sus observaciones, escritas con gran claridad y lógica, iluminan al lector frente a cada obra seleccionada para explicarnos aspectos propios de la caligrafía del artista y su persistente interés por el orden y la esencia del universo, implícitos en sus composiciones.
El aporte sustantivo del catálogo –en el clímax del tercer capítulo– entendemos la felicidad estética del artista, su profundo conocimiento de la composición, las claves que aplicó para lograr el balance en sus planos, su actitud inquisitiva y reflexiva respaldada con múltiples bocetos y apuntes, escritos y conferencias.
Manuel de la Cruz González Luján ha sido el artista más intelectual y reflexivo de su propia obra en la historia de las artes visuales de Costa Rica. Medirlo con contemporáneos de otras latitudes nos confirmaría el peso de su legado.
Con sencilla erudición, la autora repasa los fundamentos ideológicos del arte como integración cósmica. En un solo párrafo (página 65), la autora nos precisa todo lo que debemos saber para entender el misticismo neoplatónico que inspiró la abstracción geométrica.
El artista creó un lenguaje espiritual basado en una gramática compuesta de ritmos, frecuencias y vibraciones. Entender esa cosmovisión en dos páginas, nos alerta sobre el sólido edificio intelectual que respalda a Triana en su elocuente claridad.
Estamos frente a un catálogo que complementa y enriquece la exposición de los Museos del Banco Central y, sobre todo, conmemora con propiedad y justicia el talento de un artista que ha sido poco estudiado en su período más singular.
Con esfuerzos como el de los Museos del Banco Central, descorremos el telón que cubre una de las épocas más prolíficas del arte costarricense –la etapa de la abstracción– para reconocer la intensidad espiritual de un creador que aspiró a la simplificación extrema –el equilibrio cósmico– tanto en sus obras como en su pensamiento.
Hasta ahora, solo disponíamos de la pluma inigualable de Eugenia Zavaleta para apreciar el Manuel de la Cruz geométrico.
Con María Alejandra Triana Cambronero aparece otra firma, capaz de competir con la misma estatura intelectual.