Con nuestra acostumbrada astucia de "reyes" del mundo animal, los humanos engañamos durante años a los insectos y otros animales. Aprovechamos para ello el descubrimiento, en 1959, de unas sustancias llamadas feromonas, emitidas por ellos para provocar una reacción en individuos del sexo opuesto, tendiente a perpetuar la reproducción de las especies.
Usándolas en trampas diversas, los desviábamos para prevenir daños a las cosechas y a las flores. Pero en los años 80, un equipo de científicos, en el que figuraba la Dra. Winnifred B. Cutler, bióloga y endocrinóloga norteamericana, por primera vez logró probar la existencia de las feronomas humanas. De allí en adelante comenzó la revolución en el conocimiento del juego del amor.
¿Qué son feronomas?
En la mayoría de los animales, la relación entre esas sustancias y la copulación es directa. Algunos animales marinos, por ejemplo, emiten feromonas en el agua circundante, lo que sirve de señal para que otros miembros de su especie expelan células sexuales simultáneamente.
Las feromonas pueden causar consecuencias curiosas y hasta caóticas. En un experimento, los machos de hamster, al parecer, copularon activamente con otros machos de su misma especie, a los que se había anestesiado y rociado con una feromona segregada por los hamster hembras.
La Dra. Cutler y sus compañeros demostraron que las mujeres y los hombres también emiten feromonas, que son compuestos químicos (esteroides), que el cuerpo difunde a través del aire y que pueden atraer al sexo opuesto. Pero las feromonas humanas son mucho más individualizadas y más difíciles de notar.
A finales de los años 80, investigadores de la Universidad de Utah lograron medir, mediante técnicas con microelectrodos, ciertos cambios de voltaje cuando a un varón se le sometía a una feromona femenina y viceversa. Asimismo, notaron cambios en el ritmo cardiaco y en las ondas cerebrales, típicos de momentos de relajación y tranquilidad, al contacto con ciertas feromonas. Esto ha hecho que se estén estudiando sus aplicaciones para tratamiento de la ansiedad y el estrés. Dadas sus presuntas consecuencias afrodisíacas, habrá que ver si, en este caso, no resulta peor el remedio que la enfermedad.
Poción mágica
Desde que se supo que esa sustancia juega un importante papel en el comportamiento humano, los fabricantes de perfumes y afrodisíacos se dieron a la tarea de repetirlo industrialmente. Su lucha es por perfeccionar una esencia que atraiga al sexo opuesto como la miel a las abejas, pero que no huela a sudor, ni a ningún elemento concreto, sino que logre copiar esa mezcla especial que provoca una impredecible chispa que junta a las parejas.
Es que según los sexólogos y psicólogos, la forma en que las parejas perciben el olor corporal del otro es un proceso altamente selectivo. Incluso algunos científicos sostienen que usualmente una persona le huele mejor a aquellos cuya inmunidad genética difiere mayormente de la propia, lo que produciría hijos más fuertes.
La doctora Cutler y sus compañeros mostraron que las feromonas extraídas se pueden recoger, congelar durante un año, descongelarlas y después aplicarlas en el labio superior de las personas, para imitar algunos de los efectos feromonales encontrados en la naturaleza.
Tentada por su propio hallazgo, ella fundó el Instituto de Investigación Athena, en Pennsylvania, que se ha dedicado a aislar las feromonas y embotellarlas, comercializándolas bajo el nombre Athena 10x para hombres, y Athena 10:13 para mujeres, a un precio equivalente a los ¢30.000.
Según la cadena de cable CNN, el 75 por ciento de aquellos que probaron esos productos dijeron haber experimentado un aumento en el número de abrazos, besos y relaciones sexuales.
Ya han salido varios competidores, aunque Cutler descalifica a aquellos que utilizan feromonas de cerdos en lugar del producto humano, y que ella considera que más bien repelen en lugar de atraer.
Otro de los nuevos productos es el Androstenone Pheromone Concentrate, solo para hombres, que promete a quien lo use atraer a las mujeres instantáneamente, como por arte de magia.
Se trata, simple y llanamente, de los afrodisíacos del nuevo milenio. Lo que nos lleva a pensar en la teoría del eterno retorno, porque después del inmenso desarrollo de la industria de la desodorización humana, y de haber pasado el siglo veinte concentrados en inventar las más perfectas formas de eliminar todos los olores corporales, ahora volvemos a tomarle el gusto a los más primitivos aromas del amor.