“Vivir fuera del Presupuesto Nacional es vivir en el error” solía decir el poeta César Calvo Soriano. Uno no sabe cómo hacen los aedos para concentrar tanta realidad en una frase. Su versos son esencias; sus libros, campos de concentración. “Silbo alado, voz pintada” nos disertó don Francisco de Quevedo cuando retrató un ruiseñor irisado de colores, melodía y movimiento: dos metáforas en ocho sílabas.
Otro vate, Juan Gonzalo Rose, se describía disculpándose de su talento cercado de pobreza: “No estoy elegante, pero estoy triste”.
En los poetas y en las poetisas, y en otros ministros del arte, la tristeza puede ser una forma de elegancia, de dandismo. Claro es, están los otros dandis, de portada: los nerviosos por los tornasoles del peinado, los que ejercen de embajadores de las sastrerías en las pasarelas de las calles. Estos seres angustiados siguen a George Bryan Brummell, el “Gran Dandy”, como lo tilda, con sorna leve, Eugenio d’Ors en su libro El valle de Josafat . Brummell y sucesores conforman lo que sería el “dandismo de gobierno”: triunfante y dictador (aunque sea de la moda); en cambio, Charles Baudelaire y su dinastía, coronados de greñas, son el “dandismo de oposición”.
Se ignora si Baudelaire quiso ser dandi; tal vez sí, a su desbaratada manera, pero lo despeinó su torbellino de pasiones, de derroches, de drogas, de sífilis y de poesía. Su poemario Las flores del mal casi lo condujo a la cárcel, pero lo posó en la eternidad que donan las lecturas.
Al fin, lo único elegante que dejó Baudelaire fue su escritura: una caligrafía de retórica y de oes redondas en metáforas redondas. “Ser sublime sin interrupción” reclamaba, pero esto ya es convertir la pose en biografía; es tomarse en serio el arte y no colgar el dandismo donde se cuelga la ropa.
Charles pareció vivir con gran paciencia para el fracaso pues nunca acabó de completarlo: hasta en esto fue perfeccionista.
Dedicó parte de su obra a la crítica de pintura, y llamó Salones a sus comentarios, como los había titulado, cien años antes, el vital Denis Diderot, precursor de Baudelaire en la mirada, no en el malditismo.
Según su traductora Nydia Lamarque, Baudelaire se adelantó a su tiempo pues sus observaciones prefiguran a Cézanne, Van Gogh y Picasso (Emilio Armaza: Mi amigo Baudelaire , cap. II).
En su Salón de 1859 , Charles escribió: “La prosodia y la retórica jamás han impedido la originalidad; al contrario, han ayudado a la eclosión de la originalidad”.
Es útil saber que uno de los antidandis de la vida, un “poeta maldito” que habría podido desordenar hasta los días de la semana, enseña a respetar –y luego a amar– la retórica, la única ciencia que nos enseña a escribir por segunda vez.