El tango sigue siendo voz de los más pobres, aunque sea para cantarlo y pedir limosna en los trenes de Buenos Aires. Es lo que hace un chico, quien se gana la vida imitando a Polaco Goyeneche. Por eso, se le conoce con el nombre de Polaquito, algo más que un apodo.
Este es el personaje que le da cuerpo a la trama de la película argentina El Polaquito (2004), dirigida por Juan Carlos Desanzo y actuada (como Polaquito) por un auténtico niño de la calle: Abel Ayala, acompañado por la joven actriz Marina Glezer (como la Pelu).
Precisamente, Pelu es la muchacha que hace de la prostitución su único recurso para sobrevivir en una sociedad donde la solidaridad ha desaparecido, no por arte de magia, sino porque los humanos vivimos cada uno para sí, mientras los gobernantes se hacen más ricos con la privatización del patrimonio nacional. En esto, el filme no duda en señalar al expresidente Carlos Saúl Ménem y su política neoliberal.
Pelu es un poco mayor que Polaquito. Aún así, este se enamora de ella y sueña con redimirla. Es un afán muy duro. Ambos tienen que enfrentarse con Rengo, tipo de conducta asquerosa, con su bien ganado título de hijodepú, mafioso que controla y exprime a menores y prostitutas que trabajan en su “territorio”.
Rengo actúa con el favorecimiento de la propia policía, supuestos agentes del orden: corruptos, crueles y violadores al “amparo” de la ley. Para Polaquito, el camino del amor por Pelu es más bien un acto de desesperación, mientras Pelu se hunde en fantasías que nunca serán realidad.
El Polaquito se basa en un hecho ocurrido en 1992, cuando unos chicos de la calle acogieron entre ellos a una muchachita prostituta embarazada. A los meses ella tuvo su bebé y, pese a vivir tiempos donde la gente rehúye compromisos fraternos, tres de los chicos asumieron la paternidad del recién nacido.
De esa noble anécdota surge este filme, hecho con toda la crudeza propia del realismo naturalista, que ve la llaga social, para mostrar la amargura de la calle y recordarnos cómo viven los desheredados de la justicia social, que son la otra cara de la moneda frente a un mundo de privilegios y fortunas en demasía. Esta película es documento en ficción sobre la mala distribución de la riqueza.
Cierto que esta cinta tiene un pecado venial: el de subrayar, innecesariamente, lo que es evidente (la injusticia social) y no alimentar la trágica y noble historia de amor que vive Polaquito por su Pelu, ni ahondar en los sueños poéticos de esta chica abandonada al abandono.
Estamos ante una película que no debemos perdernos, que nos recuerda la inclaudicable sensibilidad histórica del cine latinoamericano, su compromiso y su buen oficio artístico.