Santacruceño de pura cepa “se me nota en el hablao, me manejo un caminao, bien chalán por donde pase”. Eduardo “Balo” Gómez, alma, corazón y vida del grupo ‘Los de la bajura’, parte el ayote por la mitad y asegura ser el mejor folclorista de Costa Rica y haber marcado un mojón: antes y después de ellos.
Arrellanado en una mecedora con mecates plásticos, habla como si echara bombas; es más, su vida es una retahíla de aventuras que empezó cuando a los 16 años descubrió su habilidad para componer canciones, inspirado en las historias de su pueblo.
¡Bomba!: “El hombre incómodo tiene un millón de razones pa’enojarse, y cuando no encuentra ninguna, se maja un guevo pa’cabrearse.” Si usted no es santacruceño, ni lo intente, pero si se anima tiene diez segundos para responder, si no puede, le cae encima otra y otra y otra bomba, hasta que abrumado por el peso de la palabrería usted se retira con el rabo entre las patas. Si así es como los santacruceños hacen la guerra, con poemas, coplas, retahílas y canciones, ¡Cómo harán el amor!
Solo un coplero herediano, Wálter Quesada, le hace sombra; los demás soportan sin piedad su bombardeo de ingenio y jocosidad.
Aunque su madre intentó que tuviera formalidad, pudo más el espíritu de su tierra y trazó su rumbo hacia la música folclórica, pero impregnada de humor y quitándole la nota arqueológica.
Con otros cuatro paisanos fundó
A punta de trabajo, préstamos, perros aquí y perros allá, con sus conocimientos de administración y un olfato singular para la “plata”, hizo del folclor una empresa.
Grabó casetes caseros; montó un estudio de grabación; vendió instrumentos musicales hasta que los chinos lo copiaron y lo quebraron; viajó ; dio conciertos y espera, cuando sus hijos se gradúen, dedicarse de lleno a componer música y vivir solo de su arte.
Para encontrar al tigre, hubo que buscarlo en su cubil, una casona a la entrada de su finca, en un pueblito en las afueras de Santa Cruz. Ahí rumia sus historias en el balanceo perezoso de su vieja hamaca.
--¿Es cierto que es millonario?
--Eso dice la gente porque pegué la lotería y me gané ¢180 millones, con el 49 y la serie 104. No hice loco y al día siguiente llegué temprano a la finca a trabajar; esa plata la invertí, no está debajo del colchón.
--¿Ambiciona más plata?
--Solo vale tenerla si se disfruta; tengo mucho dinero invertido y poco en efectivo. No soy un carajo ostentoso y ocupo poco para vivir en paz. Soy un tipo que no me la rajo, evito complicarme la vida con lo que no sirve y detesto la teoría del pobrecito.
--¿Polo o maicero?
--Soy un santacruceño y se me nota en el
--¿Cómo describe lo que usted hace?
-- Soy un contador de las historias cotidianas que escucho. Hago música con las cosas que me cuenta la gente. Hace mucho años el finado Camai hizo una bomba: “Tanta fue mi desgracia que me encontré con la muerte, con tan buena suerte que la hice mi querida, lo que me tiene contento es que ya la tengo parida”. A partir de esa bomba se me ocurrió una canción sobre un hombre mujeriego que se dedicó a conquistar espantos.
--¿Es mujeriego?
--Es una herencia maldita de mi abuelo Luciano Gutiérrez, que no tenía vicios, solo mujeres. Soy un mujeriego empedernido. Mi divorcié y vivo solo.
--¿Qué clase de bombeta es usted?
--La gente lo dice: Balo Gómez compone las mejores bombas y retahílas de Costa Rica.
--¿Carece de rivales?
--Solo Wálter Quesada: es arrechísimo. Es un coplero herediano; puedo pasar toda la noche echando bombas con él, pero siempre me gana. Improvisa y piensa más rápido, pero las mías son más jocosas.
--¿Eso se trae de natural?
--Solo los guanacastecos pueden echarse una buena bomba. Somos una mezcla de indio, español y africano. Todo el día hablamos en bombas, dichos y retahílas. Si estamos haciendo un cerco le decimos al peón: “echame el bote pa’allá”, ni tanto que queme el santo ni tan poco que no lo alumbre.
--¿Cómo se echa una buena bomba?
--Lo más difícil es componerla. Se necesita mucha agilidad mental porque solo tiene diez segundos para improvisarla y hacer gozar a la gente.
--¿Cuánta bombas escribió?
--Todos los años, desde 1998, hago un disco con bombas, empecé con unos casetes que grabábamos en el cuarto de pilas de mi casa. Resulta que un señor vino a pedirme unas grabaciones y yo no tenía, me pareció un buen negocio y para el 14 de enero, en las fiestas de Santa Cruz vendí los primeros 300 casetes.
--¿Grabó más piezas?
--Al año siguiente alquilamos una móvil y crecimos más y más, vendíamos publicidad, vallas, entraban los billetes por tuberías y al día de hoy de aquel pequeño casete surgió un concepto que se llama Zona Criolla, un complejo de bar restaurante con tarima y ahí se presenta la
--¿Y eso de las retahílas?
--Son historias contadas una detrás de otra. Es lo que más me gusta escribir y tengo como cien. No sé si soy el primero, pero no el segundo.
--¿Cómo surgió ese talento?
--Nací músico aunque estudié administración de empresas. A los 16 años me di cuenta que podía tocar la guitarra y escribir una canción de esta tierra y su gente maravillosa.
--¿Recuerda la primera pieza?
--Tengo memoria fotográfica y me acuerdo de hechos que ocurrieron hace 40 años. De joven conocí a una chavalilla muy guapa y para que me diera pelota le escribí: “Tengo una negrita que me tiene como me quiere tener'duermo como alcarabán con una pata guindando, con un ojo bien abierto y el otro en ella soñando”.
--¿Para qué rescatar el folclor?
--Es lo único que mantiene vivo a un pueblo; en Guanacaste lo vendimos todo y solo nos queda el folclor y como no se lo pueden llevar no lo hemos vendido. Una vez un estúpido regidor dijo que eso era lo que nos tenía hechos mierda.
--¿Innovó el folclor?
--Sí. Seré arrogante. Fundé en 1990 el grupo
--¿Quiénes forman ese grupo?
-- Empecé con mi flautista, Leiner Gómez; se unió Rigoberto Tablada, bajista; Abel Guadamuz, marimbero y Randall Leal, el percusionista. Entre todos formamos un quintólogo.
--¿Será un quinteto?
--No. Interpretamos un monólogo entre cinco donde contamos una historia con música, bombas y retahílas. Yo inicio un relato jocoso y cada uno le agrega una parte. Tenemos uno que recrea la vida de Marcial Arrieta y las fiestas de Santa Cruz. La gente se imagina los toros brincando al son de las parranderas.
--¿Por qué
--Somos los de abajo. Santa Cruz es la zona más baja de Guanacaste y en invierno llueve hasta por debajo del piso.
--¿Les va bien?
--Al principio casi pagábamos para que nos dejaran tocar. Desde hace unos siete años nos empezamos a encumbrar y llegamos a tocar hasta siete veces en un mes; ahora solo una por la crisis, pero ganamos bien y hacemos unos 50 conciertos anuales.
--¿Usted vive de la música?
--Me gustaría llevar una vida más tranquila y sentarme solo a componer música, pero será hasta que mis hijos se gradúen y por ahora no puedo vivir solo de eso. Mientras tanto alquilo equipos de audio, luces, tengo un estudio de grabación, vendo discos, toco con
--¿Esta finca produce algo?
--Tengo diez hectáreas y eran de mi papá, don Armando Gómez. Cuando llegué no había nada; lo hicimos todo: bodegas, establos, sembramos maíz y es precioso verlo crecer. Soy un aprendiz de campesino y ganadero. Aunque no vivo de esto es lo que más me fascina.
--¿Qué le molesta?
--La indisciplina del guanacasteco. Me cae mal la gente pacienzuda y me enoja la mala intención. Algunos hablan pestes de mí, dicen lo que les da la gana y como no me dejo joder, me tratan de
--Por lo que dice parece ser de pocos amigos...
--Al contrario, tengo muchos, buenos y sinceros. Si soy tu amigo y me ocupás a las cuatro de la mañana para baldear boñiga ahí estaré. Si me joden, entiendo que no hay amistad.
--¿Con qué se divierte?
--Soy salsero de corazón; buen bailarín y conversador. Hacer música me entretiene, lo mismo que hablar todos los días con mis hijos: Pamela y Eduardo Andrés, ella estudia arquitectura y él está en quinto año de colegio. Los hijos son muy caros y no quiero tener más.
--¿Le gusta la vida bohemia?
--Me encanta tomar un trago tarde en la noche; si encuentro buena conversación me tiro cinco. Tengo una regla: nunca tomo solo, tiene que haber hablada de paja.
--¿En qué cree?
--Soy un mal católico, pero muy santero. Soy devoto del Santo Cristo de Esquipulas que me hace todos los milagros que le pido. Fui monaguillo y todos los domingos me robaba la limosna para ir al matiné.
--¿Tiene algún título?
--Estudié administración de empresas pero me tuve que casar porque dejé embarazada a mi mujer; tenía 22 años y era un estudiante que cumplía. Se me salió el macho guanacasteco y no iba a permitir que me mantuvieran, por eso dejé las aulas y me busqué un trabajo.
--¿Cómo sobrevivió?
--Papá tenía un billar y me lo alquiló. Era un garito, un refuego. Tenía dos mesas de juego y en cuatro meses lo convertí en un casino que producía un montón de plata: ¢600 mil mensuales, en 1990. Se llamaba
--¿Tuvo otro negocio?
--Gané mucha plata pero perdí el tiempo. Se lo dejé a mi padre y abrí una tienda de instrumentos musicales pero los chinos me hicieron la competencia y me quebraron. Más tarde mi papá me regaló un terreno en el centro de Santa Cruz y ahí construí un estudio de grabación.
--¿Cómo obtuvo el dinero?
-- El banco me prestó dos millones de colones y con un perro por aquí y otro por allá me establecí; fíjese que todos los meses me cortaban la luz. Arranqué con una grabadora de pista de ocho canales que me prestó un amigo y una vieja computadora inservible.
--¿Quién más le metió el hombro?
--Unos panameños me trajeron unos programas para piratear, aunque ahora tengo licencias. Un abogado- prestamista que quería ser diputado llegó al estudio y me pidió que le grabará varias cuñas; le cobré caro y con ese dinero compré la computadora.
--¿Veo que se lleva muy bien con sus padres?
--Así es. Mi mamá, Elvira Sánchez, es una vieja entufada, muy glamorosa, ella tiene 85 años y dice que tiene 79; saca el rato para ir a la peluquería y Dios guarde yo la vea y no le diga un piropo. Mi viejo era un hombre de trabajo, empunchao, pero con poca visión, muy recto, de buenos consejos, todavía me llama y me hace advertencias. Tenía una carnicería,
--¿Era un niño rebelde?
--Hacía lo que todo guila guanacasteco. Ir al río, a la poza, a comer mangos, a subirme a los papaturros.
--¿Y de muchacho?
--D los 18 a los 22 estuve en San José, estudié un año en el Colegio Seminario. Mi mamá era maestra y ella jugando de viva decidió que iría al kínder, a la escuela, al colegio, a los 20 años sería profesional y así ordenó mi vida, pero las cosas son como son y en cuarto año me estanqué.
--¿Pasa muy ocupado?
--Me levanto a las 7 y 30 de la mañana. Trabajo un poco y me voy para el estudio a las nueve; regreso a las 2 para el almuerzo y me echo una siestecita. Regreso al estudio y vuelvo a la casa a las siete y a la diez me tomo un trago. Veo tele, voy poco al cine. Nada extraordinario.
--¿Le gusta vivir solo?
--A veces me aburro, pero me gusta la vida como está. A veces pasa uno la semana entera ocupado y un domingo lo que quiero es dormir. Me gusta echarme unos tragos, fumar es mi peor vicio, pero a partir del dos de agosto –que cumplo años – dejo de hacerlo. Soy un carajo muy sano, no padezco ni de goma.
--¿Cuál es su retahíla preferida?
--Hay un bar en Nueva York tico por los cuatro costados venden Imperial bien fría y unos deliciosos casados, de boca dan pejibaye y hay que mandarse el zarpe, la orquesta empieza a tocar siempre media hora más tarde, y para que el tico se sienta a gusto en esa pequeña Costa Rica el guachimán que cuida los carros es un jodido nica.