Andrea Solano B.. 13 enero, 2013
Pantalla completa Reproducir
1 de 4

Este “señor” de 105 años está muy entero y fuerte para su edad. Se nota que en su juventud fue guapo y refinado, pero durante los últimos años se le vio mugroso, desaliñado y harapiento.

El edificio de la antigua ferretería Macaya se levanta en la calle central de San José desde principios del siglo XX y un proceso de restauración transformó su maltrecho rostro en una elegante fachada que trae al presente sus días de gloria.

El Centro de Patrimonio, del Ministerio de Cultura, invirtió ¢25,5 millones para rescatar la fachada de un edificio construido en 1908 para albergar un almacén por departamentos fundado por el comerciante colombiano Miguel Macaya Artuz.

En su amplia estancia los josefinos podían hallar toda suerte de productos exclusivos, importados de Estados Unidos y Europa.

El arquitecto e investigador Andrés Fernández explicó que almacenes como el Steinvorth –también en San José– y la ferretería Macaya funcionaron en edificios diseñados exclusivamente para ese fin, al punto de que definieron por sí mismos una tipología de edificación.

Fernández detalló que el edificio fue diseñado por el arquitecto Jaime Carranza y es de corte ecléctico, pues combina elementos de influencia neoclásica, barroca y modernista.

Radiante. El arquitecto Miguel Herrera, del Centro de Patrimonio y supervisor de la restauración, dijo que el edificio se conserva con un alto nivel de integridad; sin embargo, la falta de mantenimiento y abandono causaron estragos en su valor arquitectónico.

“Estaba sucio, manchado, lleno de rótulos, y las paredes tenían desprendimientos considerables: el cableado, los medidores y las bajantes estaban por fuera”.

Herrera explicó que fue necesario limpiar, resanar y pulir la “piel” de la fachada e, incluso, reconstruir algunos elementos que se habían perdido, como la balaustrada en la parte posterior y el rótulo que identifica al edificio con la leyenda “Macaya & Cía, 1906”, fecha en que la empresa empezó a operar.

El edificio todavía es propiedad de la familia Macaya, pero desde mediados de la década de los setenta funcionan ahí varios negocios de venta de artesanías.

La Nación consultó a Bernardo Macaya, uno de los actuales propietarios, las razones del descuido del edificio durante todos estos años.

“En algún momento una empresa arrendataria subarrendó varios locales y el asunto de los inquilinos se volvió inmanejable. Muchos de ellos pagaban sumas muy bajas y otros ni siquiera cumplían con los pagos. Los ingresos no eran suficientes como para darle el mantenimiento al edificio”, dijo.

Según Macaya, la restauración de la fachada es un empujón que motivó a su familia a continuar con la inversión para conservar este edificio patrimonial. “Es un legado de mi abuelo para mi familia y para todo el país”.