Con toda esta revolución de fin de siglo, en el campo de la telecomunicación no hay duda que Internet tiene su papel protagónico. Y el correo electrónico (o e-mail, para los que se sientan bien "cyber") es el que se ha ganado su puesto en nuestras formas cotidianas de comunicarnos, mucho más que el WWW.
Quienes tienen este recurso a mano, saben sus grandes ventajas: transmisión instantánea, es permanente (digamos), tiene gran cobertura, bajo costo, es fácil de usar, rara vez "se marcan números equivocados", es limpio y hasta amigable para la capa de ozono.
Algunos hasta le sacamos ventajas para usar en la vida cotidiana. Al menos para un par de amigos míos y para mí, la forma más efectiva de recibir un recado (sea "mae, no se le olvide llevar mi disco" o "nos vemos a tal hora en tal lado" e inclusive para asuntos mucho menos triviales) es a través del "correo-e". ¿No es esto maravilloso?
Pero, como era imposible que no tuviera inconvenientes, también hay que tragarse el "spamming" (envío masivo de un mensaje "al que le caiga"), la dependencia de una conexión (muchas veces defectuosa), poca formalidad y al usarlo se está expuesto a esos tales emoticons : por ejemplo escribir :-) para decir que estoy feliz, o digitar ;-) para indicar "aquí entre nos" o cualquier otra seña de complicidad y usar =( para aclarar que "esa vara no me llega" o "estoy estresado". Ya tendrán una idea.
En una edición de Time (abril del 97) me encontré con un artículo sobre el uso y abuso del correo electrónico entre las corporaciones estadounidenses. Es espeluznante ver cómo en 1997 se espera que se envíen 2,2 billones de mensajes y, para el año 2000, se espera que la tecla SEND de los programas administradores de correo se oprima unos 6,6 billones de veces.
Y mientras se recuperan del shock que producen estas cifras, desde ya las compañías estadounidenses descubrieron que esta forma de comunicación es ahora ineficiente.
En una empresa llamada Computer Associates International cada gerente recibía entre 200 y 300 mensajes al día. En cualquier otra corporación, la gente ya no charlaba en los pasillos y solo se escuchaba el golpeteo de las teclas de los empleados que invernaban en sus cubículos leyendo su correo y contestándolo. De repente, todos usaban el correo para enviar chismes, chiles y cualquier otra tontera por e-mail. Poco a poco se esfumaba la comunicación verbal.
La moda esta sirvió para que en esta y otras compañías, gerentes sin fuerza de carácter se escondieran detrás de una pantalla para enviar, sin pensarlo dos veces, reprimendas por la red interna a sus subalternos y ocasionar gran angustia a su equipo de trabajo. El tiempo invertido en la comunicación por e-mail se medía ya en años y ni qué decir de la presión que ejercía esta actividad sobre los sistemas de computación de las grandes corporaciones.
El resultado: que muchos se bajaran de la nube y dejaran de usar el correo electrónico con fines corporativos, que prohibieran el envío de mensajes en horas laborales y que la excusa "pero yo le envié un forward de ese asunto, ¿no le llegó?" significara un comino.
Eso pasa en Estados Unidos, donde todo ocurre a mil por hora. Aquí las cosas van mucho más tranquilas; aunque yo recibo todos los días unos cinco mensajes de revolucionarios latinoamericanos diferentes que claman justicia, cuatro anuncios de nuevas páginas en la red que nada tienen que ver conmigo, tres mensajes de errores de sistema, y tengo que leer hasta 14 mensajes diarios (de los cuales uno o dos son dirigidos exclusivamente a mi persona).
Nos hablamos luego.