Ría está a punto de celebrar sus 16 años. Ella vive en Winchester, Inglaterra, y su papá es un exitoso empresario. Su familia posee una limusina y cuando el tránsito está pesado utilizan un helicóptero para desplazarse.
Ría se jacta de tener en casa su propia discoteca con capacidad para 500 personas. Allí celebrará su cumpleaños 16 y la fiesta, confiesa la joven, será la “venganza perfecta” contra un exnovio de quien acaba de separarse.
Parte del ritual es la compra del vestido que lucirá ese día, tarea difícil para el complaciente papá, dados los exigentes caprichos de su consentida y sus recurrentes berrinches.
La muchacha también ha preparado un par de números artísticos con los cuales espera impresionar a todos en su fiesta. Un reconocido coreógrafo y una famosa profesora de canto ya fueron contratados con este propósito.
La fecha ha llegado. Los invitados de Ría caminan sobre una alfombra roja hasta la mansión. “Rí-a, Rí-a, Rí-a, Rí-a” corean al unísono mientras esperan la llegada de la “ estrella ” de la noche. En medio de gritos ensordecedores la joven hace su entrada triunfal y la fiesta comienza.
Ría, Lauren, Chantel, los nombres de los protagonistas cambian, pero el formato de My Super Sweet 16 , reality show de la cadena MTV, permanece inmutable. El guion es simple. Se trata de mostrar, paso a paso, las extravagancias y el derroche en que incurren padres de familia adinerados para elevar a sus hijos al rango de “súper estrellas”.
El dinero no basta. La pretensión es convertirse en “celebridades ” y Sweet 16 se encarga de fabricarles la ilusión , siempre y cuando estén dispuestos a gastarse una pequeña fortuna.
Trajes de más de $3.000, autos de lujo , preparativos que rondan los $75.000 , joyas y la contratación de artistas de moda, son parte de estas fiestas, comunes en la alta sociedad estadounidense e inglesa, y magnificadas por el equipo de producción de MTV.
Quedarse al margen de la celebración es poco más que una tragedia para decenas de adolescentes enajenados, quienes se estremecen ante la sola idea del rechazo , el aislamiento y el anonimato.
La repartición de las invitaciones adquiere un significado especial. Freddy, quien se autodenomina el “Paris Hilton de Scarborough”, realizó una audición pública para escoger a sus invitados en un teatro de la localidad.
Uno a uno, los jóvenes desfilan ante su presencia y él, como si se tratara de Simon Cowell, el verdugo de American Idol , luego de observarlos en detalle, anuncia con solemnidad quiénes son “ aptos ” para asistir a la celebración de sus 15 años. “Hoy todos ustedes han venido para ser invitados a mi fiesta, pero desafortunadamente no todos podrán venir”, exclama Freddy ante una audiencia expectante.
Vale decir que, para el muchacho, “la apariencia es todo”. Ya le hizo saber a su papá su deseo de que el presupuesto para la fiesta sea “ ilimitado ”. “Mi papá me da lo que quiero, y si dice que no, conozco la manera de convencerlo ”, argumenta.
La aspiración de Freddy es convertirse en un actor y cantante famoso cuando crezca y como primer paso demostrará sus “ talentos ” en su fiesta.
“¡ Queremos a Freddy, queremos a Freddy !”, gritan los invitados, mientras las atentas miradas se dirigen a diversas pantallas por donde se transmite, en circuito cerrado, la llegada del cumpleañero. A su arribo, el delirio es total. “No quiero que sean mis invitados, quiero que sean mis ‘fans’ ”, comenta el presuntuoso joven. Ese día, como regalo de cumpleaños, su padre anunciará que Freddy recibirá clases de actuación ¡en Hollywood!
Episodio tras episodio, Sweet 16 confirma a MTV como una cadena que ha hecho de la banalidad , la decadencia y la estupidez sus principales productos. Un claro y deprimente retrato del culto a la celebridad y a los excesos, a las aspiraciones de una generación absorta y embobada con el estilo de vida de los ricos y famosos.