
Diletante es quien sabe un poco de todo; especialista es quien sabe todo de un poco. El diletante parece un mal tipo: escondible ejemplo para la juventud ansiosa de treparse al árbol de la ciencia y de comer allí los mentados “frutos del estudio” con los que nos animaba nuestra heroica maestra del Kinder; pero la pobre ya nos había tasado nuestra dispepsia para el saber y adivinaba que conquistaríamos la diletancia.
El diletante no sube al árbol del conocimiento; lo sacude para que le caiga una manzana en la cabeza, de modo que así pueda convertirse en Newton. De paso sea dicho, Sir Isaac tampoco moraba muy lejos del dilentantismo porque el 80% de sus escritos (comprados por John Maynard Keynes) tratan de la alquimia y otras ciencias que, por ser ocultas, nadie ha visto.
Además, Sir Isaac Newton también hesitaba diletantemente entre inventarse la física clásica o meter, en un libro de derecho, las leyes de la gravitación universal.
El diletante “también es humano” –frase que decimos los pecadores cuando procuramos disculpar a nuestros colegas–; por esto, el diletante querría ser especialista, como “el chaleco, que quiere ser saco, pero carece de mangas”, según el sabio dictum del genial diletante Abraham Valdelomar († 1919).
El problema es que, para superarse, el diletante debe estudiar y quemarse las pestañas con la antorcha del saber, lo cual es bello pero entraña peligro para el diletante y sus vecinos, contentos de ver que el chico de al lado usa lentes y anda florecido de libros; pero tampoco es cosa de que, por quemar neuronas, tal chico ponga a arder el barrio.
Dicen que hay una “justicia poética”, y debe de ser la que hacen los jueces cuando yerran y dictan fallos que merecen este nombre.
Algo de justicia poética hay en los empeños de los diletantes, quienes, como no entienden a los sabios, se tornan ellos mismos en incomprendidos. “Vagabundos de la cultura” los llama con cierto cariño el ensayista mexicano Eduardo Villaseñor ( Apología del dilettante ).
A pesar de todo y de sus risibles poses, el diletante es solamente el loco manso de la sabiduría: hace el mal al que lo arroja el sabio cuando el sabio no se deja comprender.