Si Dios es poeta, todos nosotros somos versos, mejor o peor logrados. Si Dios es poesía, todos somos poetas, y de primerísima línea. ¡Crear a Dios! ¡Que acto supremo de poïesis! Piensen ustedes en la universalidad, la belleza, la amplitud de semejante concepción. Un acto poético tan perfecto que solo podría ser colectivo, y al mismo tiempo dar voz a todo clamor individual. Pero no lo olvidemos: también puede ser que hayamos sido proferidos, y, si es tal el caso, algún valor debemos tener en tanto que poemas vivientes. “Dios profirió el mundo” –dijo Baudelaire–. Para él, el Sumo Creador era, esencialmente, un poeta. Dios poeta, Dios poesía. No veo ninguna otra posibilidad de concebir la vida.