1732-1799
Nació en París. Su verdadero apellido era Caron. Hijo de un relojero, fue expulsado de su casa porque descuidaba excesivamente la tienda y el oficio. Las borrascosas aventuras que caracterizan su vida dieron principio cuando, a la edad de 21 años, solicitó la ayuda de la opinión pública en un litigio surgido sobre la propiedad de una maquinaria de reloj que pretendía haber inventado; con este incidente consiguió llamar la atención de la corte, y en 1754 pasó a vivir en la intimidad de los cuatro hijos del rey; el Delfín, de austeridad probada, afirmó del astuto muchacho que era “el único hombre que le decía la verdad”.
En palacio, por medio de un ingenioso juego de pedales logró perfeccionar el instrumento musical entonces de moda, el arpa. Se asoció a Duverney, el financiero más rico de la época, y antes de cumplir 30 años era escudero, consejero real y primer oficial del duque de la Villiere, con dos condes a sus órdenes; cada semana administraba justicia en el Louvre, e imponía multas y penas de cárcel.
Casado con una viuda rica, de una de las propiedades de ella tomó el nombre de Beaumarchais, y se dedicó a escribir para el teatro. Sus dos primeras obras fracasaron, pero las Memorias, serie de relatos satíricos sobre otro litigio, le dieron fama, posteriormente confirmada con El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro ; ambas obras fueron prohibidas por Luis XVI, pero, tras haberlas sometido a revisión, triunfaron ampliamente. Siempre dispuesto a la aventura, fue agente secreto de Francia y envió 40 barcos con armas y municiones para ayudar a las colonias norteamericanas que luchaban por su independencia. Después gastó gran parte de su fortuna intentando, sin éxito, conseguir que Estados Unidos le pagara la ayuda prestada. Durante la Revolución Francesa perdió el resto de sus bienes. Sospechoso de querer vender armas en Holanda, tuvo que huir a Hamburgo, donde vivió en la mayor pobreza. Regresó a París y publicó el relato de sus sufrimientos durante el destierro. Falleció en París. Había escrito: “Obligado a caminar, el camino en el que entré sin saberlo y del que saldré sin querer, lo he sembrado de flores tanto cuanto me permitió mi alegría...”