En París, para mantenerse laboró de costurera, unas veces a jornal en casas particulares, otras en la habitación propia, una estancia tan minúscula que, según cuenta Mirbeau, para ponerse a la máquina de coser tenía que apartar el maniquí. Fueron largos y tristes años de grandes penurias económicas. Víctima, entre otros males, de grave enfermedad en la vista, cuando el médico le prohibió seguir cosiendo bajo pena de quedar absolutamente ciega, comenzó a escribir sus recuerdos. Leyó sus páginas a algunos de sus amigos que, admirando la belleza y sinceridad de la prosa, se preocuparon porque fueran editadas.
Uno de sus biógrafos dice que Marguerite "pasó por la vida con la sencillez del que franquea un umbral sin importancia, presintiendo que el verdadero secreto de su destino comenzaría al otro lado". Decía: "He soñado tanto, que no estoy segura de haber vivido". Y también: "He soñado demasiado para haber podido ser nunca muy desgraciada". Así, tuvo dos existencias: una desdeñable, pues era la de un cuerpo herido por la enfermedad , las privaciones y soledades más desesperadas; la otra radiante, por contener un ensueño creador que dio origen a la admirable novela María Clara . A través de su humilde tenacidad de costurera que se esfuerza por forjarse sola un oficio, maduró poco a poco en ella y en torno a ella un silencio místico y tierno que embrujó a sus amigos: Léon-Paul Fargue, Charles-Louis Philippe, Valery Larbaud y Alain Fournier, Francis Jourdain y Octave Mirbeau.
El premio Fémina le proporcionó súbitamente fama mundial; pero se apartó en seguida de esa turbadora tempestad de gloria para volver a encontrar intacto su universo de sombras. Después de haber publicado otras dos novelas menos perfectas que la primera, El taller de María Clara y De la ciudad al molino , murió en París olvidada, grave, dolorosa y recogida.