Especial importancia tuvo en su vida Laura, la idealizada dama de sus poemas más espirituales (análoga a la Beatriz de Dante y a la Fiammetta de Bocaccio), cuya identidad real se desconoce, aunque la teoría tradicional -la más plausible- es que era hija de Audibert de Noves, esposa de Hugues de Sade, y que murió en 1348. El poeta la vio por vez primera en 1327, en la iglesia de Aviñón. Los críticos consideran que los sonetos compuestos después de la muerte de Laura superan a los escritos en vida de su amada.
Nació en Arezzo y desde muy joven puso de manifiesto su pasión por la poesía; por esta inclinación postergó los estudios jurídicos a que lo orientaba su padre. Cicerón y Virgilio fueron sus autores predilectos, y a ellos trató de imitar en su iniciación literaria.
Protegido por la familia Colonna vivió en Aviñón. Viajó por Europa en procura de manuscritos antiguos, tan escasos en esa época, y de los que logró reunir un considerable número para iniciar la tarea de reconstruir la cultura de la Antigüedad clásica. El Senado romano le otorgó, por el poema África , la corona de laurel que, según tradición popular, había sido conferida antes a Horacio y a Virgilio. Los venecianos le regalaron un palacio para que viviese dedicado a la poesía; pero él prefería el sosiego del campo, a pesar de que era continuamente solicitado por los más importantes personajes europeos, entre ellos los papas Clemente VI y Urbano V, el emperador Carlos IV de Alemania y miembros de las poderosas familias Colonna y Visconti. Falleció en Venecia.
"Desgraciadamente no supo Petrarca hallar la belleza de la verdad cristiana hasta los últimos años de su vida, y así inicia su lírica amorosa alejado del auténtico aliento espiritual. Su última obra, El triunfo , muestra el triunfo definitivo de Dios sobre todas las cosas; tardía reacción medieval y quizá obra más cerebral que plenamente sentida", dice su biógrafo.