Sacerdote costarricense, una de las personalidades más sobresalientes de Costa Rica en la época colonial. De acrisoladas virtudes y eminente talento, representó a nuestro país en las Cortes de Cádiz y en el Congreso Constituyente del Imperio Mexicano, y fue consejero del emperador Agustín de Iturbide. Su actuación en las Cortes de Cádiz en cuyas sesiones intervino activamente, y de las que fue Secretario y Presidente fue especialmente brillante; expuso con argumentos valederos la igualdad entre españoles e indios, luchó por la abolición de las mitas y encomiendas, y criticó, considerándola altamente nociva, la obligación que se imponía a los indios de prestar servicio a los sacerdotes y a las misiones.
Nació en Ujarrás, provincia de Cartago. De su madre, doña María Cecilia del Castillo y Villagra dice el historiador Jorge F. Sáenz Carbonell que "fue, como muchas otras damas de la Costa Rica del siglo XVIII, una católica devota, pero no muy rigurosa en cuanto a la observancia del sexto mandamiento. Después de enviudar muy joven del francés Jean-Francois Lafons y Vidor, tuvo con fray Juan Luis de San Martín y Soto cinco hijos, de los cuales el más célebre fue el presbítero Don Florencio del Castillo".
Estudió en el Seminario Conciliar de León de Nicaragua y obtuvo el grado de Bachiller. Fue ordenado sacerdote en 1802, y un año después se le confió la cátedra de Geometría. Después enseñó Filosofía en el colegio Tridentino. En Costa Rica ejerció el ministerio sacerdotal en Villa Hermosa, hoy Alajuela.
En 1810 fue elegido Diputado ante las Cortes de Cádiz, donde intervino en diversos debates y, un año después, pronunció un primer discurso en favor de los indios. Habiendo alcanzado gran prestigio, fue escogido para desempeñar los cargos de Secretario, Vicepresidente y Presidente de las Cortes Generales. En cuanto a los problemas de Costa Rica, solicitó la habilitación de los puertos de Matina y Puntarenas, la rebaja del impuesto al cacao, la creación del Obispado y el establecimiento de un Seminario Conciliar en Cartago. Cuando en 1814 fueron disueltas las Cortes, pasó a México donde fue Canónigo de la Iglesia de Oaxaca, diputado y presidente de la segunda legislatura del Estado y miembro de la Junta encargada de formar el Cuerpo Académico del Instituto de Ciencias y Artes. Falleció en Oaxaca. El historiador González Flores dice de don Florencio: "fue para los desafortunados de América un gran salvador; para los políticos de verdad un ferviente demócrata; para los historiadores una fuente inagotable de enseñanzas, y para los creyentes, un santo".