Una nueva película de Clint Eastwood es siempre buena noticia; sobre todo, cuando Eastwood es director, actor y productor, tal y como sucede ahora en el filme Deuda de sangre (2002).
Se trata de un policial, uno de los géneros más amados por Eastwood y que él nos ha hecho gustar con igual intensidad. Esta vez, volvemos a la constante relación entre el bien y el mal por medio del juego suscitado por un asesino en serie que siempre deja -tras sus homicidios- un mensaje para el detective Terry McCaleb (Eastwood).
Cada crimen es un desafío. Así, en un rastreo, McCaleb sufre un ataque al corazón, justo cuando está a punto de atrapar al psicópata. De ahí en adelante, obligado a retirarse como federal, la vida de McCaleb pasa entre medicamentos y visitas a la cardióloga Bonnie Fox (Anjelica Huston), quien lo operó y le transplantó un nuevo corazón.
Todo podría seguir así, pero un día aparece una mujer latina llamada Graciela (Wanda de Jesús), quien busca a McCaleb para informarlo que una hermana de ella ha sido asesinada en una tienda, de esto hace un par de años.
Para el detective retirado la noticia podría ser irrelevante. Sin embargo, hay algo más que decisivo: la mujer asesinada (llamada Gloria) es la donante del corazón que mantiene con vida a McCaleb, por lo que el agente decide meterse a investigar: es una deuda de sangre.
Por supuesto que lo hace contra el criterio médico, con el corazón en la mano -diríamos- y vemos cómo, poco a poco, McCaleb va encontrando más elementos que indican que la muerte de Gloria no fue un hecho al azar, espontáneo, sino que retoma la presencia de su antiguo contendor: siempre asesino en serie.
Deuda de sangre es un buen policial que, sin embargo, anuncia muy pronto la identidad del asesino. Se sale de lo rutinario con cierta calma en la narración, aunque llega a forzar ciertas situaciones (como un romance entre el detective y la latina), mientras se permite cambios con respecto a la novela de Michael Connelly que le sirve de base.