Don Álvaro Esquivel Murillo es un hincha más del Deportivo Saprissa, pero es más que un aficionado tradicional que va al estadio y sigue a su equipo.
Todos los días viaja al trabajo en su motocicleta estilo Vespa color morado y blanco, desde su casa, en Getsemaní de San Rafael, hasta la Municipalidad de Heredia, en el centro de esa provincia.
Debajo de su uniforme, lleva la camiseta alusiva a la escuadra tibaseña y, al terminar su jornada como guarda, regresa al hogar, "la verdadera cueva del Monstruo ", como le llaman los lugareños.
Y es que la casa de don Álvaro es todo un monumento al Saprissa. Por fuera, paredes blancas y verjas moradas, un arco de flores blancas con lila y dos columnas con balones de concreto dan la bienvenida a los visitantes.
En la cochera, sobre el piso morado, descansa su Vespa, resguardada por sendos rótulos que dicen "El morado", uno en el portón de la casa y el otro, escrito en el techo.
El pequeño jardín alberga un árbol de ciprés con la forma de la mascota saprissista y, a su lado, una figura de hierro del Monstruo , que se ilumina en Navidad y que él mismo fabricó.
Ya dentro de su casa, hay un claro dominio de los colores blanco y morado, desde los adornos de mesa hasta los juegos de sala y comedor completos.
En esa casa abundan los cojines con figura de balón y el escudo del Sapri bordado, lo mismo que una decena de peluches y figuritas del Monstruo .
"Yo lo acepto así como es él, es su estilo de vida. Aquí en la casa ya nos acostumbramos", dice Nuria Sánchez, su esposa.
Ella también se ha metido en este "Saprimundo", con electrodomésticos blancos y muebles de cocina púrpura, así como platos, vasos y hasta cubiertos morados.
El clóset de don Álvaro tiene más de 20 camisetas alusivas al equipo de sus amores, cerca de ocho pantalones morados -"algunos he tenido que teñirlos"- y dos pares de zapatos tenis igualmente morados.
Historias de historias. Un día de clásico es una experiencia relajante para él. "Saco la moto, le pongo una bandera y me voy para Alajuela. Paso por el parque, claro, me dicen de todo, pero para mí es una forma de desestresarme", relata el aficionado.
Esto lo logra porque no se considera "envenenado", sino que el "saprissismo" es una forma de vivir contento.
"La gente cree que el Saprissa me patrocina. ¡Si supieran que hasta tengo que pagar los ¢1.000 de parqueo que me cobran cuando voy al estadio!", comenta.
Nunca, ningún jugador o técnico de esa agrupación ha ido a su casa, aunque él admite que sí le gustaría que fuera "alguno morado de corazón, porque por el equipo pasan muchos jugadores, pero pocos tienen ese profundo amor a la camiseta".
"Viera lo que me dolió cuando se fue Fonseca, y me duele más cuando le anota al Saprissa, porque sé que por dentro, él todavía es saprissista", afirma apesadumbrado el rafaeleño.
Cuando pierde su equipo, sufre, pero no se echa a morir, porque sabe que, más adelante, se recuperará de la derrota.
En el seno de su familia, su hijo menor, Jefferson, de 17 años, es saprissista como él, pero su hija, Grettel, de 22, es aficionada al Club Sport Herediano.
En su barrio. En el exterior de la casa de don Álvaro, hay tres balones de futbol hechos de concreto, uno es rojo con amarillo; el otro, rojo con negro, y el tercero tiene manchas delos colores blanco, azul y rojo. "Eso es para que la gente vea que no soy un envenenado, sino que le doy espacio a los demás equipos. Eso sí; allá afuera, donde casi no los vea", bromea.
Cuando hizo esos balones, pasó algo muy particular. Hizo un molde con una bola vieja y dejó el primero secándose en la zona verde por fuera de la casa. La gente creía que era de verdad y muchos se agacharon a recogerla. "Una noche me senté en la cochera para reírme un rato. En eso pasó un carajo y ... ¡le va metiendo un patadón.! Jajajaja. '¡Ay, ay!' gritaba"...
Álvaro ha pensado en todo y, desde hace meses, empezó a pagar el ataúd morado donde quiere hacer su viaje al más allá. "Le dije a mis hijos que, pasados los nueve días después de mi muerte, se deshagan de todo, para yo recogerlo del otro lado", manifiesta entre risas.
Mientras eso sucede, seguirá recorriendo las calles para recibir "vivas" de unos y "picar" a otros. Y para esos, su única respuesta será: "¡Sufran!".