Hace tan solo 50 años, Costa Rica era considerada como uno de los mejores lugares para la pesca deportiva en todo el mundo, y aún hoy uno de cada cinco turistas viene por la pesca (280.000 turistas); estos nos dejan alrededor de US$600 millones anuales y generan 64.000 empleos directos e indirectos. Aún más, un 40% de esos turistas afirmaron que no vendrían si no pudieran pescar, dato que debe ser tomado muy en cuenta, dada la baja tasa actual de ocupación hotelera.
Pero resulta que cada año los peces son más pequeños y más escasos y el gran flujo de turistas pescadores (que representan un mercado potencial de 7,5 millones de personas, solo en los EE. UU.) ya empieza a cambiar sus derroteros a lugares en Nicaragua, Honduras y otras partes del mundo, donde la pesca es ahora mucho más grande y abundante que en Costa Rica.
Causas. En vista de lo anterior y dados los antecedentes y la imagen internacional de Costa Rica como país ecologista, cabe preguntar a qué se debe esta declinación masiva de nuestras poblaciones acuáticas y por qué no hemos logrado un uso sostenible de este valioso recurso natural renovable.
La explicación pareciera obvia: estamos incurriendo en una sobrepesca abusiva y descontrolada, tanto en mares como en aguas continentales. Una pesca que no le permite a estas especies silvestres reproducirse y recuperar sus niveles normales de población.
Individuos inescrupulosos bloquean con redes la entrada a ríos, estuarios y lagunas y capturan los peces aún antes de que puedan desovar; los pescadores aficionados no se contentan con 5 ó 10 peces de buen tamaño, sino que miden su éxito en cuantas hieleras llenan con 100 o más piezas, sin importar si son especies en peligro o pececillos juveniles. Otros –aún más ignorantes– envenenan las aguas, arriesgando su salud y la de sus familias.
La pesca industrial o comercial a gran escala –cuya conveniencia nacional debe repensarse, en vista de que solo exporta $73 millones anuales– deja sin trabajo a nuestros pescadores artesanales y ha eliminado anualmente cientos de toneladas de peces vela y marlín, para venderlos por centavos el kilo, mientras que esos mismos peces estando vivos nos habrían dejado millones de dólares y seguirían vivos, pues usualmente se liberan.
Pero el verdadero culpable detrás de esta depredación salvaje e irracional –que amenaza incluso la seguridad y calidad alimentaria de nuestro pueblo, pues en cosa de 10 ó 20 años un filete de pescado costará lo mismo que una lata de caviar– es el Gobierno costarricense.
Control del Gobierno. Es responsabilidad del Gobierno implementar sistemas de regulación, vigilancia y control de la extracción de especies silvestres y esta no está siendo cumplida.
Pero en realidad no se puede culpar a ninguna institución en particular por esta situación, pues lo cierto es que regular, vigilar y controlar cada río, laguna y playa en todo el territorio nacional es una labor que solo se puede lograr por medio de la participación ciudadana y de la acción coordinada de muchas instituciones, pero eso es precisamente lo que está fallando: carecemos actualmente de un espíritu de cooperación institucional que aúne recursos, ideas y esfuerzos, en pos de proteger la naturaleza.
Aún estamos a tiempo de corregir la situación y convertir a nuestro país en un paraíso ecológico mundial de la pesca recreativa y triplicar –al menos– el flujo actual de turistas, pero ¿tendremos la voluntad, la sabiduría y la visión para hacerlo?