
En su novela autobiográfica A ras del suelo , cuenta la educadora Luisa González: “Allá por el año 1912, La Puebla era el barrio más pobre, más sucio, escandaloso y relajado de la capital. Zona donde crecían a sus anchas el vicio, la miseria y la prostitución”.
“La fama de La Puebla se debía fundamentalmente, a que en ese barrio estaba instalada una veintena o más de prostitutas de la más baja calaña, cuyo negocio daba al barrio los colores más crudos, violentos y grotescos”.
“Nuestra casa era en aquel barrio popular, un centro industrial y comercial al servicio de todos los vecinos. Rótulos escritos a mano, con mala letra y peor ortografía, anunciaban en la única ventana de la casa: ‘Aquí se arregla calsado’; ‘Se benden tortillas’; ‘Los sávados tamales de chancho’; ‘Se resiben costuras’; ‘Se resiben comensales’. Había que ganarse la vida con todos los trabajos que se presentaran”.
Esa vívida descripción de una vivienda en la proletaria barriada, concluye así: “En nuestra casa no hubo nunca sala, ni dormitorios independientes, ni comedor, ni biblioteca, ¡nada! ¡nada! [']. Y además, ¿acaso teníamos muebles especiales que ocuparan espacio en nuestro hogar? Ni sillas, ni divanes, ni armarios, ni tocadores, ni escritorios, ¡nada! ¡nada!”.
De herencia colonial. ‘Puebla’ es palabra vinculada a ‘poblar’, y era usual entre las huestes españolas en el siglo XVI. “Hagamos la puebla”, decían sus capitanes cuando iban a crear un poblado en el sitio elegido.
En Costa Rica, no obstante, el apelativo adquirió un tono particular pues ‘puebla’ se denominó desde el siglo XVII a la porción de Cartago destinada a la gente “parda”; es decir, negra y mulata, libre ya fuera por manumisión –cesión o compra de su libertad– o por cimarronaje –huida de esclavos, usualmente venidos de Panamá–.
En lo fundamental, la presencia de los pardos en el Cartago colonial se debía a que, tras el decaimiento de la población indígena, la carencia de mano de obra en las tareas agrícolas y ganaderas, en los servicios domésticos, artesanales y de construcción, debía ser llenada con ellos.
Con la aparición de nuevas poblaciones en el valle del Virilla, en el siglo XVIII, hubo pueblas como aquella en Heredia –lugar que aún conserva su nombre– y en San José. Según Cleto González Víquez, la primera referencia de la puebla josefina data de solo cuatro años después de que el padre Pomar y Burgos estableciera el embrionario cuadrante de La Villita:
“En 1759, doña Josefa de Torres –madre del que poco más tarde fue el Presbítero Chapuí– vende un terreno y cita como linderos la cabecera de esta población, y una línea que iba a rematar a la casa de Fermín León, al principio de ‘la Puebla que se ha hecho ahora’” ( San José y sus comienzos ).
Localizada al suroeste de la villa, dicha puebla era sin duda un caserío apenas, apéndice donde los pudientes criollos y mestizos del “centro” encontraban artesanos y servidoras domésticas.
Debemos buscar el motivo de tal ubicación en su disponibilidad de agua ya que precisamente por allí –en la manzana comprendida entre las avenidas 8 y 10 y las calles 4 y 6–, nacía la quebrada del Lantisco.
Integrándose al cuadrante. Cabe suponer a La Puebla de entonces, habitada por gentes pardas, en humildes ranchos de estructura de horcones y paredes pajizas o de rústicas tablas, en el mejor de los casos. Sobre lo escasamente urbano del área aún en 1814, nos ilustra una ordenanza a propósito de una “galera de orcones” que funcionaría como rastro o matadero local, “a la orilla de la población al lado del sur”.
Por otra parte, el inicio de su integración al cuadrante sólo se daría luego de la Independencia, como se deduce de un documento municipal de 1827, en el que consta la primera alineación urbanística de la villa, “cinco cuadras entorno de la Plaza con sus respectivos mojones”.
Desde entonces, ya sin la connotación racial descrita y pese a su modesta condición, La Puebla sería un barrio más de la futura ciudad.
No obstante, como anota el historiador Juan José Marín, “a partir de la década de 1830, la ciudad de San José inició y consolidó un desarrollo económico, político y demográfico que la distinguió de las poblaciones circundantes [']. Hay evidencia, ya en esa época, de un proceso incipiente de segregación socio-espacial, vinculado con el auge del cultivo cafetalero y el alza en el precio de los solares” ( Prostitución y pecado en la bella y próspera ciudad de San José: 1850-1930 ).
Ese fenómeno se reflejó claramente en la primera división administrativa capitalina, realizada en 1841, cuando la ciudad quedó dividida en dos “barrios” o distritos: Merced al norte y Carmen al sur. De este último formaba parte el “cuartel” o barrio de La Puebla, que, si no era la única barriada plebeya, era la más antigua y la de peor renombre.
De ella dice el cronista Macabeo Vargas: “Era la residencia o zona de tolerancia para las muchachas alegres, nido de alegres guitarras, marimbas y acordeones las noches de sábados y domingos, con uno que otro apuñaleado, con coches a la puerta y alumbrada con linternas enormes, con una lámpara de canfín” ( Nombres viejos y curiosos de los barrios y vecindades de San José ).
Cambio de rostro. Una fotografía de fines del siglo XIX nos muestra al barrio perfectamente alineado, las casas de adobes y bahareque, entejadas, encaladas, sencillas pero dignas, rostro que de seguro se iba desfigurando conforme se adentraban sus rúas –las actuales calles 4, 6, 8 y 10– hacia el sur de la que es hoy la avenida 4.
En sus manzanas se alojaban fondas y prostíbulos, cantinas y billares, garitos y galleras de baja estofa, que por esto preocupaban a las autoridades y a la respetable ciudadanía josefina', aunque muchos de sus hombres buscaran allí sus placeres furtivos, más no sin peligros.
Dice el historiador Francisco María Núñez: “Lo que hoy llamaríamos la zona roja era La Puebla. Sus lindes por el sur eran los establecimientos denominados La Verbena y El Pago. Allí había cada noche incidentes hasta a mano” ( El San José de antaño ).
Uno de esos incidentes, por demás trágico, lo canta con todo y personajes Aquileo Echeverría en una de sus chispeantes Concherías : “Allí: la Pico, la Guecha, / la Siete Cueros, la Pata, / la Olote, la Poca Pena, / la Cuatro Reales, la Sarna, / la Bongo, la Sinverguenza, / la Puerto Libre, la Plasta, / en fin, la plana mayor, / del barrio de la algazara, / vulgo la Puebla , se dieron / cita al redor de la cama / donde yacía la dijunta / en mar de sangre bañada” ( Pascuala ).
Mas no todo en el lugar era vicio, como no lo era la vida familiar y laboriosa que testimonia el relato de Luisa González.
La Puebla era también un barrio proletario, residencia de urbanos obreros y artesanos, caserío de desplazados del campo y de venidos del valle del Guarco huyendo de los temblores.
De hecho, las dichas casas de barro empezaron a desaparecer conforme envejecieron, además de que tras el terremoto de 1910 dejaron de construirse y empezaron a sustituirse por las de madera: casas de puerta y ventana construidas en hilera, cuyo perfil se generalizó no solo en La Puebla, sino en todos los nuevos barrios del sur josefino que tuvieron en ella su origen socio-histórico y que terminaron por absorberla.
EL AUTOR ES ARQUITECTO, ENSAYISTA E INVESTIGADOR DE TEMAS CULTURALES.