Iceberg –en opinión de algunos– no era palabra necesaria en nuestra lengua porque ahí tenemos témpano , de rancio abolengo clásico. Aunque es cierto que en la práctica témpano se aplica, por antonomasia, a una masa de hielo, iceberg agrega las importantes características de tamaño enorme y flotación en el mar. Convencidos, entonces, de su innegable carta de naturalización hispana, debemos preguntarnos: ¿Por qué en países como Costa Rica la gente sigue entrecomillando el vocablo y diciendo –aplicando la fonética inglesa– / áisberg /, y no / izebérg /, como ordenan los cánones de la prosodia castellana?
[Realmente el tema de los extranjerismos plantea –al hispanohablante y a la propia Academia– espinosos problemas. Puede que este caso no sea más que una pequeña muestra: la punta del iceberg].
La reciente Ortografía académica (aunque sea muchos años después) me da una respuesta: “Cabe señalar que no siempre se producen resultados homogéneos en todo el ámbito hispánico a la hora de adoptar voces extranjeras. En primer lugar, existen zonas o países donde los hispanohablantes se muestran más reticentes a las adaptaciones y suelen usar con preferencia los extranjerismos crudos, sin adaptar, con su grafía y pronunciación originarias, mientras que los hablantes de otras zonas no manifiestan tanta resistencia a acomodar los préstamos de uso corriente en español a los moldes propios de nuestra lengua. Se da, así, el caso de que extranjerismos plenamente adaptados en España se emplean crudos en el español americano. Es lo que ocurre con iceberg (‘gran masa de hielo que flota en el mar’), voz de origen neerlandés incorporada al español a través del inglés, que en España es un extranjerismo adaptado, ya que la grafía inglesa se pronuncia a la española [izebérg ]... mientras que en el español de América está consolidada la pronunciación inglesa [ áisberg ]”.