La profunda crisis económica que Costa Rica experimentó entre 1980 y 1982 impactó fuertemente las actividades relacionadas con la producción, importación y comercialización del libro. Los textos importados se encarecieron súbita y significativamente, y buena parte de las librerías, grandes y pequeñas, empezaron a disminuir sus secciones de libros (que tendieron a desactualizarse y reducirse) y a ampliar las dedicadas a otros productos. En las nuevas circunstancias, algunas editoriales nacionales perdieron espacios, pero otras los ampliaron.
Nuevas editoriales y librerías. La principal casa editora del país, la Editorial Costa Rica, afectada por conflictos internos y por las dificultades para comercializar sus libros, perdió la posición estratégica que tenía en el mercado nacional.
Las nuevas editoriales públicas que vinieron a ocupar su lugar fueron las académicas, en particular la de la Universidad de Costa Rica (EUCR), la de la Universidad Nacional (EUNA) y la de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED). Todas empezaron a operar desde finales de la década de 1970.
Después de 1980, esas nuevas casas editoras concentraron buena parte de la creciente producción académica, propiciada por el aumento en el número de tesis de grado y de posgrado, al tiempo que la EUNED inauguraba la primera de lo que luego sería una red de librerías propias.
Asimismo, nuevas editoriales privadas o adscritas a organismos internacionales abrieron sus puertas con una tendencia a especializarse en el área de las ciencias sociales, como la Editorial Porvenir, Juricentro, Alma Máter, el Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI), FLACSO-Costa Rica y Guayacán.
En ese proceso de expansión desempeñaron un papel importante exiliados latinoamericanos, algunos de los cuales, en un primer momento, se articularon en torno a la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA).
Posteriormente, varias de esas personas desarrollaron proyectos propios. Estos fueron los casos de Hugo Assmann, Franz Hinkelammert y Pablo Richard, quienes organizaron el DEI en 1977.
Poco tiempo después, el chileno Eduardo Montecinos estableció la editorial y librería Nueva Década; y, en 1983, el filósofo argentino Dante Polimeni fundó Macondo, librería que por casi diez años mantuvo un significativo liderazgo en las importaciones de libros de ciencias sociales.
Aumento y diversificación. A inicios de la década de 1990, las condiciones para un aumento y una diversificación en el consumo del libro fueron favorecidas por la expansión de la educación privada en todos los niveles, y por los esfuerzos estatales por recuperar el nivel de inversión en la educación pública logrado antes de la crisis.
Como resultado de todo lo anterior, el mercado para los libros de texto se tornó más competitivo y rentable, tanto para materiales producidos localmente como para los importados.
En 1995 se calculó que ese mercado movilizaba unos 200 millones de dólares al año, por lo que no sorprende que algunas editoriales transnacionales empezaran a incursionar en Costa Rica.
El potencial del nuevo mercado del libro fue visualizado por empresas como las librerías Lehmann y Universal, que empezaron a ampliar el número de sus tiendas.
Sin embargo, el liderazgo en aquel proceso le cupo al austríaco Hans Venier: en 1995 fundó la Librería Internacional, que se concentró en satisfacer las demandas de una nueva generación de lectores con un mayor poder de compra. La nueva compañía pronto se convirtió en una cadena de librerías desarrollada según el modelo de empresas como Barnes and Noble y Borders; y en el 2000 inauguró una nueva cadena de libros: Libro Max.
Por esta misma época, Amazon.com comenzó a satisfacer la demanda de un sector de los lectores costarricenses.
A medida que las editoriales universitarias se expandieron, la Editorial Costa Rica quedó reducida a una empresa menor. Su posición se debilitó aún más porque nuevas editoriales privadas, más abiertas a las formas alternativas de literatura –como Alambique, Perro Azul, Uruk y Legado, entre otras–, comenzaron a captar una buena parte de la producción costarricense.
Por su parte, algunos prestigiosos autores nacionales empezaron a publicar con sellos como Alfaguara, Norma y Santillana.
Además, gracias a los cambios tecnológicos que la computación introdujo en los procesos de producción del libro, nuevos escritores se arriesgaron a publicar sus obras por cuenta propia.
Varios de los cambios más importantes de ese período se relacionaron con el desarrollo de la computación y de Internet.
Los catálogos de las bibliotecas nacionales e internacionales se volvieron accesibles “en línea”, al igual que una cantidad creciente de libros digitalizados, ya sea para la descarga pagada o para la consulta gratuita.
En ese sentido, cabe destacar el papel desempeñado por el proyecto Google Books, que permite visualizar, de manera parcial o completa, cientos de miles de libros publicados en todo el mundo, y el programa de publicación electrónica de libros llevado a cabo por la Biblioteca Nacional de Costa Rica. Ya están en curso iniciativas similares emprendidas por otras instituciones, como la Universidad de Costa Rica.
El publicar electrónicamente también se ha convertido en una opción atractiva para autores de distintas edades, condición social y nivel educativo. Algunos lo han hecho mediante editoriales especializadas en este tipo de producción, otros simplemente por medio de blogs personales. En este contexto, el extraordinario desarrollo de las redes sociales también ha venido a estimular nuevas prácticas de escritura y lectura.
A partir de la década de 1990, las editoriales costarricenses han procurado desarrollar nuevos espacios y actividades para ofrecer sus obras, a menudo en colaboración con las principales librerías.
De esos esfuerzos, los más conocidos son las ferias del libro que se realizan a lo largo del año; pero también debe destacarse la apertura de la Librería Exposición Permanente de la Edición Costarricense, que abrió sus puertas a inicios de la década del 2000 y ofrece la mayoría de las publicaciones realizadas en el país.
La Universidad Estatal a Distancia cuenta con cinco librerías propias, ubicadas en Cartago, Heredia y San José; además, a finales del decenio del 2000 disponía de varios establecimientos afiliados que también comercializan su producción, localizados en lugares distantes, como Pérez Zeledón, Guápiles, Ciudad Neily y San Ramón.
También se incrementó la presencia de los libros en los medios de prensa. Aparte de los suplementos Áncora , de La Nación , y Los Libros , del Semanario Universidad –surgidos entre los decenios de 1970 y 1980–, los libros se promueven sistemáticamente en varios sitios de Internet, como Clubdelibros.com, Culturacr.Net y Redcultura.com.
A su vez, las presentaciones de libros se han convertido en una actividad regular de la cultura costarricense, y aun en la televisión se han desarrollado secciones o programas especializados, como Club de Libros (Canal 15), Blanco y negro (Canal 7) y Punto y coma (canales 13 y 15).
En la actualidad, profundos e incesantes cambios se anuncian una vez más en el horizonte. Con la comercialización de libros electrónicos y de los dispositivos necesarios para leerlos, se abre un nuevo capítulo en la historia del libro en Costa Rica.
EL AUTOR ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR.