El 5 de mayo de 1910, el fotógrafo Amando Céspedes se introdujo de forma temeraria en los restos de la capilla de los Salesianos, destruida el día anterior por el terremoto de Cartago.
De tan peligrosa exploración se abstuvo su acompañante, León Fernández Guardia, quien junto con Céspedes editaba el
Céspedes llegó hasta el altar y trató de extraer un santo que parecía implorar auxilio con las manos y los brazos alzados al cielo –según palabras de Fernández–.
Desde fuera, una multitud de personas contemplaba ese peligroso esfuerzo. Al final, Céspedes pudo tomar una fotografía única del interior de aquella capilla en ruinas.
Poco después, de ese mismo edificio se recuperaron tres cuerpos, una mínima fracción de los cientos de víctimas del terremoto del día de Santa Mónica que hace 100 años, el 4 de mayo a las 6:50 p. m., cambió drásticamente la vida de los habitantes de la
La ansiedad popular por saber detalles de la catástrofe obligó a los medios de prensa a emplear todos los recursos disponibles, y esta respuesta fue un hito en la modernización del periodismo costarricense.
En esos días, la gente vivía tensa por las desgracias que –se pensaba– traería el paso del cometa Halley, que entonces podía verse por las noches.
Así parecía confirmarlo el terremoto que el 13 de abril recién pasado había conseguido dañar varias edificaciones en San José y Cartago. Este fue seguido por un ciclo de sismos casi diarios que obligaron a muchos habitantes de ambas ciudades a dormir en algunos sitios públicos, bajo tiendas de lona y “tembloreras” hechas de láminas metálicas.
El movimiento telúrico del 4 de mayo generó aun mayor recelo y expectativa entre los josefinos.
En San José se concentraba la mayoría de los periódicos y de las imprentas del país, y los órganos de prensa se lanzaron a obtener toda la información sobre lo sucedido, sin importar que fuera de noche.
Lo más cercano entonces a la transmisión “en directo” se reducía a los telégrafos y a los escasísimos teléfonos, pero el terremoto había cortado las comunicaciones con la antigua metrópoli.
A las 11 p. m. llegó el primer telegrama de Tres Ríos, donde el operador se había instalado en media calle a causa de los daños sufridos por su oficina.
Pocos minutos después, el abogado Luis Anderson confirmó lo que ya se sospechaba: Cartago había sido destruida y era necesario el envío inmediato de ayuda humana y material.
Así, un periodista anónimo de
Un redactor escribió cómo, en el parque de Cartago, “el espectáculo trágico sobrepasaba á todo lo imaginable”.
El periodista añadió: “Había hacinada una inmensa multitud, de todas las clases, todas las familias revueltas; era una confusión terrible en medio de la oscuridad. En toda el área del parque no había más que cuatro linternas que daban luz incierta; cerca de ellas grupos afanosos daban vela a los cadáveres y trataban de consolar y reanimar á los heridos”.
Los periodistas regresaron pronto a San José a fin de preparar la edición del día siguiente y de solicitar al público la ayuda para la ciudad en ruinas. En los días sucesivos, los titulares trataron de plasmar –en grandes letras y palabras que se quedaban pequeñas– lo que había ocurrido:
“Última hora. La terrible catástrofe en Cartago. La ciudad reducida á escombros. Los muertos y los heridos. Terribles escenas de tristeza y de desolación”. “La tremenda catástrofe de Cartago. Más detalles del espantoso acontecimiento. Escenas de dolor. Continúan sacando cadáveres de los escombros”.
Ante las imágenes, las palabras se quedaron cortas. Se publicaron fotografías de iglesias, edificios públicos y casas destruidas.
Símbolo de la catástrofe que detuvo el tiempo en Cartago es la imagen de la torre caída con el reloj del cuartel. Ante su plaza se depositaron los cuerpos de las primeras víctimas.
Podemos imaginar la impresión recibida por los lectores que vieron fotos de cadáveres yacientes o cargados, escenas quizá por primera vez impresas en diarios de Costa Rica.
A pesar de su crudeza, muchas de las fotografías de víctimas y de edificios destruidos se reprodujeron poco después como tarjetas postales de amplia circulación en el extranjero.
El drama sucedido en Cartago también implicó una oportunidad para publicar un texto con potencial de circulación en el extranjero. Sólo un par de meses después del terremoto, en el
Ese libro apareció luego bajo el título de