La iglesita de Fátima, pueblo fronterizo de Costa Rica, posee su frente hacia el Río San Juan. Las casas tienen sus cuartos de pilas hacia Costa Rica y los corredores hacia el río. En eso hay un significado: los pobladores de estos lugares fronterizos vivían de espaldas hacia nuestro país. Pero esta situación comienza a cambiar con la llegada de la carretera que estamos construyendo a lo largo de nuestra frontera norte.
Para mí, como ministro de Obras Públicas y Transportes y presidente del Consejo Nacional de Vialidad (Conavi), significa una satisfacción enorme formar parte del equipo humano que contribuye a ese cambio, a construir una nueva historia para al menos 30 comunidades fronterizas y a facilitar el acceso de miles de costarricenses para que lleguen a esos bellos parajes.
En esta zona existen muchas pequeñas historias humanas que conforman esa historia general. De las que más me conmueven es escuchar a dirigentes comunales como Gerardo Quirós, de La Aldea, quien asegura que él se echó una carcajada el día que dos ingenieros del Conavi, Manuel Serrano y Franco Ramírez, les contaron la idea que tenía el Gobierno de ampliar la trocha, construir nuevas partes y rehabilitar unos 330 kilómetros de vecinos comunales. No les creyeron, pues había una razón. Muchas promesas, una obra postergada por décadas, que ahora tiene forma, se puede ver y, sobre todo, transitar.
No creían, tenían toda su vida de ser testigos de los estragos de las “llenas” del río San Juan, de ver cómo el ganado perdía peso y con este, su valor económico, después de caminar hasta 30 kilómetros ya que los camiones no podían ingresar en las fincas para su trasporte; de ver a las gemelas del pueblo con parálisis cerebral y a mujeres parturientas salir en pangas hacia los hospitales a altas horas de la noche, de cruzar caminos con el barro hasta la cintura, de ver morir a sus abuelos y papás con ganas de ver llegar el progreso, en fin con más de 40 años, “desde chiquitillos”, de soñar con una nueva carretera, una nueva vía, que los independizara de las cada vez más constantes disposiciones antojadizas y, en muchas oportunidades, abusivas, de parte de autoridades nicaraguenses.
Me conmuevo cuando vecinos de aquí me cuentan que para viajar por el río San Juan debían poner una bandera nicaraguense, con una altura determinada en el bote. “Éramos ticos, sin derecho a transitar por nuestro país, dependíamos del río San Juan”, expresan.
¿Y la historia de la maestra de Fátima? Doña Flora de Montenegro dice que antes ahí era otra Costa Rica. Sí, esa gran educadora a quien ya hemos visto en televisión, y quien nos hace llorar y reír a la vez, contando cómo el búfalo perseguía por los paredones a los “chiquillos” cuando iban a la escuela y llegaban todos embarrialados, descalzos. Ahora lo hacen en bicicleta, descansados y motivados para la clase.
¿Y la maestra de San Antonio? Yorleny Rodríguez dice que no puede creer, que ve una escuela nueva que construye el MOPT, a la par de su apreciada “escuelita gallinero morada”, una aula unidocente donde dan desde preescolar hasta sexto, esa misma que regaló un vecino y a la que tanto le costaba llegar porque siempre tenía el temor de que las autoridades del vecino país pidieran “más documentos de la cuenta” a la hora de viajar por el río.
¿Y los trabajadores de la zona? Existen 18 pequeñas empresas constructoras de las comunidades, con 24 contratos que dan trabajo a unas 2. 000 personas.
Recuperación de la soberanía. Los ingenieros del Conavi diseñaron la estrategia de construcción de forma que las cuadrillas, las empresas contratadas se topen, para avanzar de forma ordenada y rápida, para que los caminos secundarios (330 km) lleguen a la ruta de 160 kilómetros desde Delta Costa Rica hasta Los Chiles. Cada vagoneta, cada tractor, la maquinaria tiene una bandera de Costa Rica. Ellos mismos acordaron colocarla, porque, al igual que la mayor parte de costarricenses vemos en esta vía un símbolo de una “campaña nacional” que juntó lo más bello del ser costarricense, el verdadero amor a la patria que nos heredaron nuestros abuelos, y supieron defender con su propia sangre.
Mientras muchos claman por que se asfalte, que lleguemos hasta la última etapa, la administración Chinchilla hace grandes esfuerzos por invertir hasta el momento ¢10.000 millones.
La magnitud de la obra ya por sí sola deja huella en nuestra historia y en nuestra economía, al facilitar el transporte de productos de zonas olvidadas al resto del país. Reactiva el sentido de solidaridad y del desarrollo en sectores olvidados.
La orquestación de los trabajos también hace historia en los archivos del Conavi y aquí debo resaltar el empeño y entrega de mi equipo de trabajo, el cual se engrandeció con el apoyo del Ministerio de Seguridad, de los ingenieros y técnicos del ICE, del personal del Minaet, pero, sobre todo, con la clara y firme decisión de la señora Presidenta y sus vicepresidentes, de seguir adelante.
Por todo lo anterior, cada vez que voy de gira a la zona de Calero, al Delta Costa Rica, a la zona norte, puedo sentirme orgulloso, como dicen, se me “hincha el pecho” de comprobar cómo desde este Gobierno, un equipo interministerial e interinstitucional, transformamos una amenaza en una fortaleza; de cómo contribuimos a que los costarricenses que vivían de espaldas a nuestro país o a los que nuestro país les había dado la espalda, se sientan orgullosos de ser costarricenses, de vivir de frente a Costa Rica.