Experimentada como una realidad oprimente por aquellos que son sus víctimas, muchas veces la violencia parece una cosa necesaria para aquellos que son sus protagonistas. Tenemos que reconocer que fácilmente todos hemos experimentado ambas posiciones. Se trata de un fenómeno humano que se manifiesta de muchas maneras y formas. Es prácticamente imposible no tener una experiencia de este tipo. Sea que tengamos razón o que seamos vilmente reprimidos para expresar una razón alternativa, la verdad es que en nuestro interior sentimos el peso de las acciones violentas como inhumanas.
Nos es imposible entender completamente la manera en que los razonamientos y las emociones se entrelazan en la mente de las otras personas. A veces sin querer el mal de otros, nos descubrimos como violadores de la tranquilidad ajena. En otras ocasiones, somos nosotros los que señalamos la terrible descarga de fuerza negativa que tienen en nuestra vida aquellos que considerábamos seres queridos y cercanos. Y es que en cuestión de motivaciones profundas, se entremezclan las más diversas experiencias humanas, que van desde los razonamientos más lógicamente estructurados, hasta los más sutiles sentimientos de animadversión o de egoísmo o de envidia. Es muy posible, por otro lado, que en la cotidianidad seamos violentos sin pretenderlo de verdad: la terrible ambiguedad del alma nos disculpa, pero solo en parte, pues un acto experimentado como violento por otra persona siempre dejará un huella indeleble en su interior, que a veces degenera en venganza.
La más pura lógica. ¿Es que la violencia nace de nuestra irracionalidad, de esos momentos de total emotividad en donde parece que no controlamos nuestro proceder? No, a veces la violencia nace de la más pura lógica, de axiomas absolutos que transcribimos luego en decisiones y orientaciones hacia el futuro. En la interrelación, encontramos toda clase de provocaciones para ser violentos, que pueden ir desde el padecimiento de la injusticia más descarada hasta la sinrazón más abyecta. ¿De dónde nace la violencia? Solo hay una respuesta posible: de las opciones de los sujetos, individuales o colectivos. Porque también existe el acto anónimo que se sirve del colectivo como espacio pretendidamente neutro, pero poderosamente expresivo de la intención grupal.
El problema de la violencia no es, en primer lugar, su manifestación, sino su origen: el interior humano que genera toda posible acción. Pero tampoco es factible una total y aséptica idea de lo que ocurre dentro de nosotros, porque somos complejos y muchas veces es imposible pronosticar nuestras reacciones. Esto no significa, empero, que seamos inmunes a la autocrítica. El acto más violento del que somos capaces es precisamente nuestra decisión de dejarnos intocados por nosotros mismos, creando un áurea de pseudorracionalidad protectora de nuestras falencias (una ideología que se pretende verdad indiscutible o el martillador rencor). Sea que nos sintamos víctimas o que nos descubramos victimarios, la auténtica salud mental se encuentra en una actitud realista de ponderación de nuestro interior y de lo que hemos decidido hacer en relación con otros. Con ello no queremos decir que tenemos que optar por la “destrucción” sistemática de lo que somos, como si se tratase de hacer leña del árbol caído. Más bien nos referimos a ese acto de la conciencia que nos hace valorar lo que sentimos emocionalmente y lo que pensamos racionalmente. Sin embargo, esto es imposible de concretizar hasta que no asumimos en su totalidad la experiencia interior de los que experimentan las consecuencias de nuestras acciones.
La interioridad del otro. Esta es la condición sin la cual todo acto deliberativo de la conciencia se vuelve infértil y escaso. No basta con reconocer lo que sentimos y pensamos, tenemos que ser capaces de descubrir lo que otros piensan y sienten, para poder determinar si nuestra acción es justificada o no. Cuando el otro se vuelve para nosotros un ser sin vida interior, cuando damos por supuesto su no-pensamiento o su no-emotividad, es entonces cuando nuestra acción se vuelve crueldad y destrucción, violencia en el más claro sentido de la palabra. En fin, cuando la interioridad del otro importa poco para ponderar nuestras acciones, fallamos en la percepción más lúcida de la realidad.
Todo esto no quiere decir que estamos indefectiblemente amarrados a no causar influencias emocionales a otros. Eso es imposible e ilusorio. Pero considerar la interioridad del otro es siempre un elemento decisivo para definir la ética de un determinado acto, actitud u opción. Así como valoramos con delicadeza nuestro propio interior, igualmente debemos considerar el ajeno. El problema estriba en tener oídos atentos para el otro y no solo preocuparnos por la interpretación que hacemos del interior de esa persona. Claro está, tanto la otra persona como yo no somos totalmente coherentes o lineales. Podemos buscar miles excusas o justificaciones para analizar de manera diversa lo que otro nos dice acerca de la percepción de su propia experiencia.
Al considerar todo esto, las palabras de los sabios de la antiguedad manifiestan una sabiduría enorme: no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti. Sin embargo, Jesús expresa esto de una manera más exigente, que reclama directamente a nuestra capacidad de opción: Todo lo que quieran que les hagan los demás, há-ganlo también ustedes a ellos (Mt 7, 12). Por tanto, la cuestión se resume en: ¿Cómo queremos ser juzgados por los demás en nuestras opciones? Así, hagamos lo mismo con ellos cuando estamos decidiendo actuar de una manera que los afectará directa o indirectamente.