Daniel y César son uña y carne. Se conocieron durante la filmación de la película “El Regreso”, del cineasta costarricense Hernán Jiménez. Desde entonces no hay manera de separarlos. Puede ser que algún día cada uno tome su camino pero, al menos por ahora, para miles de ticos Daniel Ross no es otro que César, el metalero.
Eso es cierto en la ficción del filme y en el sorpresivo efecto mediático que desató la particular y estrambótica figura de este carismático personaje. Pero, en realidad, Daniel es mucho más que eso. Las vivencias de este actor, editor, y productor audiovisual, bien podrían servir para alimentar el guion de alguna de sus películas.
Una enfermedad congénita declarada cuando tenía escasos meses de vida por poco y corta drásticamente el metraje de su existencia. Superado el escollo, creció feliz y contento al lado de sus padres, Clarence y Rita, en una especie de comuna hippie allá en las alturas de San José de la Montaña. Así fue hasta que sus compañeros de escuela le hicieron ver que el tamaño sí importa.
En la adolescencia los problemas alrededor de su corta estatura se agravaron. La indiferencia, en especial por parte de las representantes del sexo opuesto, lo sumió en el enclaustro y optó por darse de mecos con el mundo. Se refugió en la música, conoció a su mejor amigo y en aquella frenética búsqueda de sí mismo y de la autorrealización se topó con la mejor terapia de autosanación posible: el teatro.
El despecho lo puso en un avión con rumbo a Cuba en donde se topó con el mundo mágico de las imágenes y la posibilidad de verse de cuerpo entero en la pantalla grande. De regreso, comenzó su desarrollo como productor de audiovisuales hasta que un anuncio de casting lo llevó a obtener el papel que lo convirtió en
Conversador innato, de carácter firme, pero afable, Daniel agradece el reconocimiento que “César, el metalero” le ha dado. Pero también quiere que lo conozcan a él. Al hombre de múltiples facetas que se batió a duelo con la muerte siendo apenas un niño y que hoy, a sus 36 años de edad, con su ingenio y su empuje, no para de soñar.
--¿Cómo explica que con un papel secundario su personaje de César haya tenido tanto pegue?
--Yo tenía claro que era un papel secundario, pero sabía que si lo trabajaba bien había un punto importante en ser César. Recuerdo la primera vez que Hernán nos enseñó el corte final de la película. Él venía de Estados Unidos y cuando me vio me dijo “aquí está, la nueva estrellita de Costa Rica”. Y yo “¿qué le pasa?”. Yo creo que Hernán sí lo presentía. Luego vino el estreno y recuerdo la sensación de ver a personas que habían sido colegas que nunca me habían vuelto a ver, venir a abrazarme.
--¿No le preocupó el cambio de apariencia que implicaba hacer de César?
--Yo no sabía que mi papel era el de un músico, ni metalero, ni que tenía que usar el peinado
--¿Y qué le decía la gente conocida al verlo con esa pinta?
--Me decían que me veía bien con el pelo así. Algo vacilón que me pasó es que en ese momento a la bebé (su hija Zaelle de dos años) le comenzaron a salir los dientes. Tuve que ir a la farmacia y a mí se me olvidada cómo me veía. La señora de la farmacia se asustó un montón cuando me vio, y eso que yo estaba pidiendo medicina para las encías del bebé.
--¿Le sucedió algo particular durante el rodaje?
--Para empezar no sé si fueron mis nervios, pero después del primer día de filmación me enfermé y estuve una semana en cama con fiebre y dolor de cabeza. Cuando volví le dije a Hernán, “mae, me dio dengue”, y él comenzó a hacerse para atrás y decía, “¿cómo?, ¿cómo? Mae, esa vara no se pega ¿verdad?”. Él (Hernán) estaba tomando agua y yo le decía, “mae ese era mi vaso”, solo para molestarlo. Fue muy divertido.
--Se nota que la pasaron bien...
--Había mucha camaradería. Éramos un grupo de amigos que estaban haciendo algo juntos y no había ese estrés de cuánto gana este o cuánto gana el otro. Todos estábamos felices de poder hacer una película.
--¿Cómo se ha sentido después de recibir tanta atención por parte de la gente?
--Ha sido bonito y raro, la verdad. ¡Hasta en un funeral se me han acercado para felicitarme! Un día estaba en un entierro del papá de un amigo, y la gente llorando, cuando siento que me tocan el hombro. Vuelvo a ver y era una señora. “¡Ay, ayer lo vi en una película, lo felicito!” Y yo... “Ok... gracias” (lo dice en voz baja y con tono de sorpresa). A veces me piden que me tome una foto y yo les digo: “¿Conmigo? ¡Diay, está bien! Es cosa suya” .
--¿Pero se siente bien?
--Que te lleguen a felicitar y agradezcan el trabajo que uno ha hecho es lo más lindo que a uno le puede pasar.
--César hasta tiene su propio perfil en Facebook (recién superó los 10.000 seguidores)
--Sí, yo no lo hice, pero cuando apareció me acerqué a los chicos que lo hicieron para darles el
--¿Habían puesto algo que no iba con el personaje?
--Sí. Por ejemplo, pusieron un comentario de que César estaba tomando y se iba a comer un huevo de tortuga y eso César nunca lo haría. Cuando me acerqué, ellos me hicieron administrador y ahora yo me encargo de escribir la mayoría de los comentarios.
--¿Cuándo supo que se había hecho conocido?
--Un día fui al súper y estaba Nery Brenes y él me reconoció a mí. Ahí sí dije yo, “esto está raro”. Hasta dejé de salir a los bares porque me invitaban a las birras y si uno no quiere es muy feo decir que no. También es raro eso de que siempre se le queden viendo a uno.
--¿Confunde la gente a Daniel con César?
--Alguna gente me pregunta, ¿mae cuándo toca? ¡Mae, yo no tengo un grupo! Yo no soy metalero y no me gusta el metal. Nada en contra de eso, pero era un personaje, yo estaba actuando y alguna gente parece no diferenciar eso. Por todo lado me dicen César. Yo creo que eso sucede cuando la gente se encuentra con algo que se identifica y los hace sentirse contentos.
--Hablemos ahora de Daniel
--Qué le digo. Mi infancia fue muy bonita aunque algo complicada porque padecí de Esferocitosis (enfermedad genética hereditaria). Al primer mes de nacido me llevaron de emergencia al hospital para realizarme una transfusión de sangre. En mi primer año de vida me hicieron 10 transfusiones.
--¿Y cómo salió de eso?
--Mis papás me comenzaron a dar hatcho miso (una pasta de soya fermentada en barriles durante un período de tres años) y gracias a eso comencé a producir glóbulos rojos y no hubo que hacerme ya más transfusiones.
--¿Y de dónde sacaron ese remedio?
--Es que mis papás estaban buscando alternativas macrobióticas porque no encontraron respuestas en la medicina alopática. Me dieron miso y mi hemoglobina subió de de seis a ocho, lo cual era algo como mágico. Al cumplir cinco años me sacaron el bazo y mi enfermedad dejó de ser un problema.
--¿Tuvo problemas por su baja estatura?
--Yo fui un chiquillo muy tímido que quería tener buenas notas. Y sí, ver a todo el mundo tan grande hacía que me costara relacionarme con otras personas. Una vez, como me sacaba tan buenas notas me intentaron adelantar un año y todavía peor. Si ya era el más pequeño en ese momento sentía que estaba con gigantes y no podía ni hablar porque me daba miedo.
--¿Lo marcó eso?
--A uno lo marcan muchas cosas cuando está creciendo y el período de la adolescencia vino a ser muy difícil. Uno quiere convertirse en cosas que no es y yo quería que me estiraran, porque en mi cabeza yo pensaba que si era más alto yo le iba a gustar a las muchachas, y que yo no les gustaba en ese momento porque todos me veían como si fuera un muñequito y así estaba frito.
--¿Superó ese complejo?
--Yo creo que uno tiene que aprender a vivir como uno es y a estar contento con eso. Creo que esa fue una de las cosas que me hizo ser lo seguro y fuerte que soy ahora. Esas cosas ya no importan porque sufrí hasta el punto de enojarme.
--¿Con quién se enojó?
--Con el mundo. Con todos, con las chicas, estaba frito. No quería que me vieran, que me saludaran y si lo hacían yo decía, “¿para qué me saludan si a ustedes no les importa cómo soy y cómo yo me siento?” Ese fue un período de transición y se dio justo cuando comenzó la universidad. Me metí en la casa y no salí como en un año.
--¿Por qué? ¿Lo molestaban mucho?
--En la escuela me molestaron más, como que querían jugar más con el chiquitito. ¡Qué se yo! Me tiraban y todos querían jugar luchitas y pelear conmigo. En el colegio fue más la indiferencia. Uno quiere pertenecer y estar en el grupo de los famosos, los populares, y no lo lograba. Porque además, estaba en un colegio (El Calasanz) en donde si usted quería pertenecer tenía que tener un estatus económico que yo no tenía, ni podía comprarme los zapatos y la ropa que ellos se compraban.
--¿Le seguía preocupando ser el mejor de la clase?
--En esa época ser el mejor académicamente no fue ya más una prioridad. Ahí comenzó mi interés por lo artístico, la pintura y tocar guitarra. Fue cuando conocí a Julio Molina (codirector del premiado documental de Ross,
--¿Cómo se dio lo de la actuación?
--Cuando entré a la universidad comencé a estudiar biología, pero cuando me di cuenta de que había que llevar no sé cuantas clases de cálculo, me aguevé y me salí y me metí a Bellas Artes, pero no me gustó el ambiente porque me encontré con una serruchadera de pisos y me fui a Filosofía. Estando ahí se dio la posibilidad, afuera de la U, de hacer un taller de teatro con Rubén Pagura.
--Y ahí comenzó todo...
--Sí porque Rubén me dijo “usted es bueno actuando” y también se lo dijo a mis papás. Yo quería ser músico, pero pensé pero tal vez podía ser actor y expresarme de ese modo. De hecho, fue gracias al teatro que comencé a sentir más seguro y mi ego se comenzó a curar.
--¿Estudió teatro?
--Me metí en el Taller Nacional de Teatro pero ahí también me comenzaron a encasillar por mi estatura. Además de que percibía mucha falta de seriedad de mis compañeros y eso me desmotivó porque para mí sí era algo importante, entonces me salí al primer año.
--¿Y qué hizo entonces?
--Para ganar dinero trabajé en una compañía de soporte técnico de computadoras. En esa época tuve un desamor que me dejó hecho mierda y para limpiarme de eso me fui a visitar a mi amigo Julio a Cuba. Allá hice una obra de teatro y la presenté tres veces. Gracias a eso se acercaron varios estudiantes de cine que tenían que hacer cortos y me propusieron actuar en ellos.
--¿Aceptó?
--Sí, pero el problema es que yo tenía que volver a Costa Rica porque si no mi mamá se moría. Al regresar yo le dije a mis papás que aquí jamás iba a tener una oportunidad de actuar en cine y allá (en Cuba) me estaban ofreciendo hacer tres cortos. Entonces me puse a ayudarles a hacer cerámica y con un esfuerzo extra de ellos sacamos el tiquete. Me quedé dos meses en Cuba y participé en nueve cortos. El director de la escuela al ver que yo aparecía en todos decía, “esto parece las aventuras de Daniel”, y yo feliz.
--¿Le sirvió eso de algo?
--Primero venía con un lote de 9 cortos que había hecho y ya podía enseñarlos y decir, “vean soy actor”. Ahí otra vez me comencé a aguevar porque los únicos papeles que me ofrecían era de duende, de enano, o de payaso. Fui a una audición en la televisión y lo primero que hicieron fue ponerme una piyama y me subieron a un palo. El tipo que hizo la audición lo iba a poner al aire y yo le dije: si usted lo pone al aire me tiene que pagar y me empezó a gritar: “¡mire Ross, yo a usted lo voy a hacer una estrella, ¿cómo que le tengo que pagar!”. Y yo le dije, un momento, si usted lo pone en el aire, me paga. Me pagaron pero nunca más volví a hablar con nadie, ni fui una estrella, ni nada.
--¿Cuál fue su reacción?
--En ese momento dejé de actuar porque no podía quebrarle la jupa a todo Costa Rica para que entendieran que yo podía hacer otra cosa. Fue cuando me metí detrás de cámaras y monté con Julio Bicho producciones. Hicimos un documental que se llama
--Su esposa es holandesa ¿dónde la conoció?
--La conocí aquí en Costa Rica (se llama Marieke Vegger) en una fiesta de unos amigos, hará unos cuatro años. Fueron tres meses que estuvimos juntos y a ella le apareció un trabajo en Bolivia. Me fui con ella para Bolivia y cuando regresamos nos casamos.
--¿Qué otros planes tiene?
--Estoy armando mi página web que se llama bichoproducciones (www.bichoproducciones.com) y va a tener todo este tipo de trabajo mío y trabajos nuevos. Quiero lograr la conexión con el público como se ha logrado con
--¿Está feliz?
--Sí, sí, yo estoy muy contento. Yo no pongo las cosas en una balanza para saber qué es más importante, pero sí siento con el corazón que lo primero es la familia. Yo crecí viendo a mis papás vivir y trabajar juntos en el taller que está a la par de la casa y después de muchos años todavía se pellizcan las nalgas.
--¿Y qué significa para usted ser papá?
--Un cambio tremendo. Ya está ahí y tenés que cuidarla y comenzar a enseñarla, aprender a cambiar pañales y a alzar a una bebé y no hay forma de aprenderlo más que haciéndolo. El amor que siento al perderme en una historia es el mismo que siento cuando me pierdo en ser papá. Hay que hacer las cosas que a uno lo llenan, si no ¡para qué putas está uno vivo!.