Seguir pareciendo joven a los 30 años es una hazaña que no todos consiguen. El Programa Juvenil de la Orquesta Sinfónica Nacional cambió de nombre ahora se llama Instituto Nacional de Música, de director y de casa varias veces. Sin embargo, quienes trabajan en él se entusiasman con los cumpleaños de la misma forma que cuando eran pequeños.
Por eso preparan una fiesta que promete durar tres días y estar llena de homenajes, invitados, aplausos y, sobre todo, por supuesto: música.
Esta noche, a las 7 p. m. en el Teatro Melico Salazar será la primera gala dedicada al maestro Gerald Brown, primer director artístico de la Orquesta Sinfónica Juvenil (OSJ), y a Guadalupe Sierra, asistente honoraria de la institución. Mañana, a la misma hora y en el mismo lugar, se reconocerá a Mercedes Campos, primera directora académica de la OSJ, y el jueves se aplaudirá la labor de Guido Sáenz, gestor del proyecto y actual Ministro de Cultura.
El programa y los ejecutantes cambiarán en cada concierto y, aunque hay que ir bien vestido, las entradas costarán únicamente ¢1.000.
Tractores y violines
"¿Para qué tractores sin violines?" Se preguntó José Figueres en una frase que hizo célebre el inicio del Programa Juvenil. En ese entonces, el 90 por ciento de los músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional eran extranjeros y estaban de paso.
Bismark Fernández, actual director del Instituto, cuenta la historia desde el principio en primera persona. Él se matriculó en el Programa Juvenil cuando tenía seis años y como era demasiado pequeño para estudiar percusión recibió, por dos años, clases de violín.
"Los primeros diez años estuvieron marcados por la novedad y la sorpresa. Se realizaron las primeras audiciones a las que llegaban 6.000 niños para disputarse 150 cupos, las primeras giras, los primeros conciertos".
Después de un inicio próspero, siguieron las vacas flacas: "Los ochenta fueron la época de crisis, de falta de presupuesto. Por la devaluación del dólar se fueron los profesores extranjeros que habían sentado cátedra y llegaron los relevos costarricenses que eran jovencísimos y, al final, cumplieron muy bien", explica Fernández, y acelera el relato para hablar en presente.
"En los noventa comenzamos a grabar discos, retomamos las giras y consolidamos el programa universitario que en este momento tiene 50 estudiantes".
Presente y futuro
Un coro, dos bandas, tres orquestas y varios ensambles de cuerdas, bronces y percusión son el patrimonio actual del Instituto Nacional de Música, que cuenta con 61 profesores y 730 estudiantes entre los cuatro y los veintipocos años.
Hasta el momento, ostentan la autoría de dos discos compactos, pero pretenden en pocos meses duplicar esa cifra. Y a pesar de que la plata nunca sobra, las dificultades económicas tampoco apremian en este momento.
"No nos sobra el dinero pero tampoco nos estamos asfixiando. Cada tanto recibimos donaciones de instrumentos y la Fundación Ars Música patrocina algunos profesores, por eso podemos seguir cobrando una mensualidad bastante accesible ¢7.500 y seguir creciendo: dar talleres con profesores extranjeros, fomentar los intercambios y formar a los muchachos para que puedan desenvolverse no solo en la música clásica sino también en ritmos populares", expresa Fernández.
El espacio sí que sigue siendo un problema; como al principio. En los primeros años, la Sinfónica Juvenil trabajaba en el anexo del Teatro Nacional, luego se mudó a una casa frente al parque Morazán donde hoy funciona Key Largo, luego estuvieron en barrio Escalante y por fin a mediados de los noventa construyeron en Moravia su propia sede, que comparten con la Orquesta Sinfónica Nacional y que ahora les volvió a quedar chica.
"Hay una sola sala de ensayos que no da abasto con la actividad de las orquestas y los grupos. Tenemos el terreno y los planos disponibles, espero que dentro de poco podamos empezar a construir", manifestó Fernández.