MANUEL SE DA LA vuelta y todas las nenas lo siguen con la mirada. No es para menos: la camisa del mesero arranca suspiros. ¡Qué camisa! Tiene un estampado de flores perfecto, con una caída impresionante más abajo de la cintura. ¿Para qué disimular frente a semejante prenda? Además..., los tenis. Ese modelo aerodinámico lo hace reptar entre las mesas atestadas con la agilidad de un leopardo: una mano arriba con la bandeja de cervezas, la otra abajo, evitando que la chica de camiseta de cebra le arrugue el estampado.
Ni siquiera al filo de las 11 p. m., cuando el bar La Marsella está en su hora pico y él debe correr de un lado para otro, Manuel desdeña las impresiones que causa su atuendo. Reparte pedidos y sonrisas sin que se le despeine la melena amarrada, y eso que está medio sudado, trabajando desde temprano.
Las atenciones van y vienen. ¿Quién atiende a quién? En La Marsella no se sabe. Todos se llaman la atención mutuamente, mientras ruedan las copas y los cebiches. Los asistentes están advertidos y actúan en consecuencia: no es que el lugar sea pequeño, sino que hay mucha gente y, si a estas alturas beben y cantan hombro con hombro, dentro de poco estarán en la faceta del pacto de sangre.
La música ayuda. Frente a la que suena, la de Quilapayún es música light. Por las gargantas de Los del Barrio corre un río de hermandad que se desborda del cauce. Arriba las manos / con el son urbano: / es un sentimiento / más que un nuevo ritmo. El repertorio de este quinteto navega en la protesta, el humor y el romanticismo crítico. Las masas, extasiadas de fraternidad, se congregan en la pequeña pista de baile, rozándose unas con otras, especialmente cuando Manuel osa atravesarla sin avisar.
En La Marsella da lo mismo bailarse una pieza que antaño fue muy solemne y luego apurar el paso con una salsa medio flamenca. En Cedros, por lo menos, sí parecen haberse roto las fronteras musicales, y hasta es posible lanzarse a pista con esa que dice: Salgo a caminar por la cintura cósmica del Sur...
Esto sólo es posible los viernes, cuando Los del Barrio se apoderan de la pequeña tarima de La Marsella y no la sueltan hasta que cae la última gota de dogmatismo. El bar entero bebe y goza. La muchedumbre ha hablado: los que traten de ponerse serios, están despedidos.
Mezclate conmigo
Claro, hay circunstancias en que uno quiere, pero no puede. A veces, el espectáculo que se contempla es más poderoso que los propios deseos de embriagarse de alegría colectiva. Esa noche pasaba eso, y más.
Por un lado, la mesa para cinco que ocupaban quince estudiantes universitarios competía con el furor del resto del bar: ellos y ellas en estado de paroxismo galopante, cantando más fuerte que los cantantes y sufriendo repentinos ataques de histrionismo, algo evidentes para llamar la atención.
Ubicaditos justo al lado de la pista, ejercitaban sus habilidades coreográficas sin moverse de las sillas, a sabiendas de que estaban en un punto inevitablemente llamativo. Alguien, desde otra mesa, dictó sentencia: "Hay que pedir lo mismo que ellos".
Por otro, Los del Barrio, exponiendo todo aquel repertorio de viejas canciones de la era de La Copucha, que uno creía totalmente descontinuadas por exceso de revoluciones. ¡Cuánto ignora uno sobre bares de barrio!
La Marsella parece ser el último frente bohemio donde todavía se libran batallas de los años 70, aunque no faltan las melodías de los nuevos tiempos, que tan bien (también) interpreta ese conjunto.
El clímax llegó con la última ronda, tanto de canciones como de cervezas. Después de tomar un breve descanso, Los del Barrio reanudaron su buen humor y dieron a los estudiantes universitarios varias raciones de su propia medicina: música para bailar sin freno ni moderación, reto que ellos asumieron sin reservas.
El resto del bar se veía lejano. El relajo se había acomodado de nuestro lado y, la verdad, ni siquiera pudimos comprobar si el contagio se extendía a lo largo de la barra. Sólo Manuel reaparecía de vez en cuando, desde allá, azotando con su cola de trabajador muy calificado: su cola de caballo, claro, casi tan turbadora como su camisa.
Cómo, dónde, cuándo
¿Qué? Bar La Marsella.
Dirección: 500 metros al oeste de la iglesia de Cedros de Montes de Oca, San Pedro.
Horario: De lunes a jueves, de 5 p. m. a 2 a. m. Viernes, de 4 p. m. a 2 a. m. Sábados, de 12 m. a 2 a. m.
Teléfono: 224-1808.
Tarjetas: Todas.
Cervezas: ¢520, con impuestos y boca incluida.
Parqueo: Para 10 carros. Los carros se acomodan en las calles cercanas. Hay cuidadores.