Las figuras históricas, al paso del tiempo, resultan cuestionadas o revaloradas según el interés social que exista sobre esos personajes. ¿Es objetivo el análisis histórico? Esta es una pregunta que difícilmente encontrará respuesta en la película Alejandro Magno (2004), de Oliver Stone, sobre el hombre que dirigió un poderoso ejército de griegos y macedonios.
Alejandro murió a los 33 años, en Babilonia, mientras intentaba organizar su imperio. A los 25 años ya había consolidado ese vasto poderío. Si no fue más grande su caudillaje, fue porque sus soldados se negaron a ir más allá del río Ganges.
Oliver Stone intenta un canto épico sobre el carácter legendario de Alejandro (356-323 a.C.), discípulo de Aristóteles. Por eso, la película nunca renuncia al tono mayestático en sus imágenes. A la vez, el filme interioriza en los laberintos de la conducta del personaje, adentrándose (incluso) en sus preferencias sexuales, y muestra sus vicisitudes políticas o amorosas.
Así, vemos al hijo que se debate entre la fidelidad a su severo padre Filipo II (excelente actuación de Val Kilmer) y el amor a su madre Olimpia (la actriz Angelina Jolie en puras poses). También se debate en el dilema del sexo: entre las mujeres, donde destaca Roxana (Rosario Dawson), y entre los hombres, con la presencia de su amigo Hefestión (Jared Leto).
No es la primera vez que este personaje ha sido llevado a la pantalla grande. El título más conocido es Alexander the Great (1956), de Robert Rossen, con Richard Burton, Fredric March y Claire Bloom, entre otros. Por supuesto que el filme de ahora es más ampuloso, fastuoso y lleno de parafernalia, con algunos pasajes muy bien logrados, sobre todo en las batallas.Sin embargo, ahí mismo, la película falla al mostrar combates cuerpo a cuerpo, que se tornan enmarañados y sin ninguna preocupación por el buen encuadre. Por otro lado, Oliver Stone se queda en la superficie del análisis psicologista y el guion se enreda en parlamentos inútiles, que se alargan innecesariamente y hacen al filme más tedioso de la cuenta en sus largas casi tres horas (173 minutos).
Por eso, no podemos hablar de un filme compacto: su irregularidad atenta contra la buena calidad de la película, incluida la música anómala del afamado Vangelis y la actuación floja de Colin Farrell (como Alejandro). No hay duda que estamos ante un relativo fracaso de un buen cineasta como lo es Oliver Stone, con un filme desarticulado en parlamentos, personajes y situaciones.
Como dice el crítico mexicano Pablo del Moral: "Alejandro Magno es película tan árida y estéril como el desierto en que se filmó".