La historia es sencilla: bailarín y coreógrafo ecuatoriano, una de las figuras más representativas de la danza latinoamericana, maestro, pionero en su país, 48 años: todas, cosas ciertas.
Estamos al filo del mediodía, y en el Teatro Fanal se prepara un estreno. Llego frente a la puerta del camerino, que permanece cerrada. No hay forma de evadir un sentimiento de interrupción. Él se asoma, me pide que aguarde un momento y luego me invita a pasar.
Se llama Wilson Pico y lleva un amplio pañuelo sobre la cabeza. Nada de lo que creía saber sobre él me dice algo ahora. La cercanía coloca en primer plano fragmentos como estos: unas orejas pequeñas, casi dibujadas; las pupilas negras, de fondo incalculable; unas manos que bailan con sus palmas abiertas y son el complemento directo de cada palabra.
Con la postura acoplada a la conversación, su voz tranquila comienza a revelarme al ser humano que tengo delante. El camerino es un espacio amplio, con grandes ventanales. Incluso se oyen pájaros.
-¿Qué lo trae a Costa Rica?
-Desde siempre me ha interesado conocer el cuerpo geográfico de las Américas. Este interés lo entiendo como un sentimiento propio de identidad con este continente. También, sin dejar de ser ecuatoriano, he querido encontrar en los otros países algo que me termine de completar como ser humano.
"Además, vengo invitado por Ileana (Álvarez), con quien tenemos una amistad y compañerismo que surgió cuando ella estuvo en Ecuador.
-¿Hace cuánto que subió al escenario?
-Voy a llegar a los 30 años de bailar; de una experiencia escénica que afortunadamente no ha tenido interrupciones. Esta experiencia es una suma de escenarios grandes, en metrópolis tan significativas como Nueva York, París o Londres; pero lo que hace que la experiencia sea valiosa ha sido el paso por sitios anónimos, pueblos y caseríos. Esas presentaciones en lugares inéditos son las que me han dado una experiencia singular.
-No puedo evitar hacer un comentario sobre su edad: no la aparenta.
-La edad es relativa en un punto; en otro es determinante. No fue fácil librarme del prejuicio de que un bailarín, máximo, llegaba a los 40 años. Este prejuicio me venía del ballet clásico, donde empecé mi formación. Mi evolución como bailarín me acercó a la danza contemporánea y mi concepto de la vida fue cambiando poco a poco.
-El prejuicio se sustenta en el deterioro del cuerpo, que supuestamente es inevitable.
-Efectivamente, pero lo lógico sería que, si se da, pueda adaptarse a la expresividad. Este prejuicio fue removido en parte por el impacto que la danza Butho dio sobre la danza contemporánea occidental. Sus intérpretes llegan a tener más de 80 años. En definitiva, lo que interesa es hacerlo bien sobre el escenario. Muchos conceptos se caen abajo frente al acto creativo: gordo, flaco, alto, joven, viejo... Afortunadamente, hay muchos modos de desnudar el espacio escénico.
-¿Cómo percibe su desarrollo en la danza?
-Treinta años atrás, la realidad dancística de mi país y América Latina era muy diferente. De una manera desesperada, tuvimos que ir recreando y sumando el conocimiento que nos llegaba. Lo que me sacó del ballet clásico fue conocer el método de entrenamiento corporal de Grotowsky.
"Desde que empecé mi entrenamiento del ballet, siempre mantuve una actitud autodidacta: indagando, revisando, repitiendo...
"Para llegar a mi propio y personal modo de hacer las cosas, he debido recorrer todos estos años. No tengo la actitud de decir: `Ya estoy sentado y tranquilo'. Mantengo la actitud de saber que siempre me puedo caer de esa silla. Eso me ayuda a estar vivo.
-¿Cuáles son las fuentes de su trabajo creativo?
-Soy un bailarín, pero también soy una suma de otras disciplinas. Puedo decir que tengo un mestizaje técnico, del cual dispongo para hacer coreografías, tanto personales como grupales.
-¿Cuál debería ser nuestra relación con los focos artísticos del primer mundo?
-Para que haya una relación respetuosa, hay que vencer la idea exótica que mucha gente espera de Latinoamérica. Siempre he mantenido mi posición: "Yo vengo a hacer danza contemporánea, que es universal".
"El otro factor es la identidad. Un artista latinoamericano, ante todo, debe cuidar y fortalecer su identidad, punto básico que le va a permitir crecer de una manera correcta. Cuidar su identidad no significa cerrarse. Uno puede adueñarse de las herramientas técnicas de avanzada, de donde quiera que sean. Eso es patrimonio universal para fortalecer la identidad de cada pueblo.
-¿Qué se dice cuando se baila?
-Yo trato de decir, de otra manera, lo que la gente ya ha visto antes. La gran tarea del arte es subvertir la visión cotidiana. Para no caer en el realismo, uno debe trastocar esos materiales de la realidad. Así, el espectador se vuelve un cómplice de esta experiencia que nos llevó a ver los trasfondos de un material cotidiano. Es lo que me propongo cuando bailo o cuando hago una coreografía.