Sevilla. El editor y erudito José Esteban escribió un Vituperio (y algún elogio) de la errata,un recorrido por la historia de la errata a base de ejemplos, desde los más hilarantes hasta otros que causaron tanto disgusto que provocaron la muerte de un Papa.
Fue Clemente XI el Papa que al ver sus homilías recién impresas detectó una errata de bulto, lo que le produjo una apoplejía de la que murió a las pocas horas.
Otras erratas, mucho menos trágicas, conducen a la risa, como la de la novela Arroz y tartana, del escritor español Vicente Blasco Ibáñez, que en su primera edición decía "Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño (por ceño) fruncido", o la que sufrió el también poeta español Ramón de Garciasol, en un verso que en vez de decir "Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas" dice "Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas".
A veces, la sola ausencia de una tilde conduce a la fatalidad, como aquél que dijo necesitar una secretaria con "ingles" en vez de con inglés.
Otras veces, la errata le cuesta el empleo a su responsable, como cuenta el novelista argentino Manuel Ugarte al referir el caso de un periodista que, al dedicar un escrito a la hija del dueño del rotativo, quiso escribir "Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta", pero escribió "la tonta".
También fue embarazosa la situación de un crítico que dedicó un libro suyo a una condesa, escribió al inicio de la obra que su "exquisito busto (por "gusto") conocemos bien todos sus amigos".
Las erratas no respetan ni los títulos de los libros, así La feria de los discretos, de Pío Baroja, conoció una edición como La feria de los desiertos , o una Breve historia del altruismo argentino, que en realidad lo era del Ultraísmo, o un drama que se llevó a la cartelera con el título La expulsión de los mariscos (por moriscos), o la obra de Dumas que se publicó como La dama de las camellas, en vez de camelias.
Algunas veces las erratas parece que se reprodujeran entre sí, como el caso de las obras del Cardenal Bellarmin, cuya Fe de erratas precisó de un volumen aparte de 88 páginas, o un libro de poemas del mexicano Alfonso Reyes, que tenía tantas que suscitó el comentario escrito de Ventura García Calderón: "Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos"
Otras erratas son invencibles por resistirse a las correcciones. Un ministro se refirió al deber de recompensar a una dama sus "infinitos servicios", por lo que al salir escrito "ínfimos" se corrigió con peores resultados pues se escribió "infames". Se corrigió de nuevo y el asunto empeoró al salir "íntimos".