Quienes gusten de descifrar símbolos e identificar referencias literarias harán buena mesa con el montaje de Viaje al reino de los deseos , versión teatral de la novela de Rafael Ángel Herra que lleva el mismo título y que la editorial de la Universidad de Costa Rica publicó en 1998.
El tema del viaje y la búsqueda es muy antiguo en la literatura de Occidente: Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Ibsen, Joyce, Tolkien, las leyendas del Santo Grial, los libros de caballería, los cuentos de hadas tradicionales, las fábulas teatrales de Gozzi, relatos fantásticos de escritores como Lewis Carrol o Borges...en fin, el lector puede continuar la lista hasta topar con Harry Potter.
Como se dijo, el montaje es pródigo en alusiones que remiten a muchos de esos precedentes, pero, al parecer, el autor se inspiró del episodio del titiritero Maese Pedro en Don Quijote de la Mancha para lanzar al androide Orellabac (Bernardo Barquero), que desconoce el sentimiento, al encuentro del Libro de los Deseos.
La escenificación de la Compañía Nacional de Teatro, estrenada el viernes 19, muestra las aventuras y pruebas por las que Orellabac atraviesa para alcanzar la meta de su búsqueda. No quisiera adelantar las ordalías por las que pasa ni qué le ocurre en el momento crucial al orellabac etnarreh , mas confieso que, como espectador, me halló algo odagratela.
Pese a la saciedad de estímulos visuales, que incluían sombras chinas, animación digital y teatro negro y que, en ocasiones, ofuscaban los sentidos y esfumaban la línea argumental, la puesta de Mauricio Astorga lució hermosa en el aspecto plástico y cinético, con los altos bastidores ornamentados de la escenografía de Pilar Quirós como delimitación del amplio espacio vacío donde se desarrollaban los incidentes de la trama, iluminados de manera provechosa por Javier Fernández; asimismo, vi fantasioso y atractivo el vestuario de Rolando Trejos, y dúctil y sugestiva la coreografía de Humberto Canessa.
Sin embargo, sentí endeble la dramaturgia de Herra y me faltó sinergia entre la vista y el oído: el texto me pareció prosaico y no alzó vuelo, y palabra y acción no se complementaban entre sí tanto como se reiteraban mutuamente y hacían menos entendible el asunto.
No obstante, la música incidental de Luis Diego Herra ilustró situaciones de modo oportuno y estableció atmósferas propicias según la coyuntura dramática.
El elenco, en su mayoría jóvenes, mantuvo un desempeño histriónico laudable, la dicción clara, las voces proyectadas sin vociferar, cuerpos expresivos, gestualidad significativa. Entre todos, se destacó la espontaneidad y presencia de Bernardo Barquero en el papel del protagonista.
Colegiales llenaron el teatro para la función dominical, durante los 75 minutos que duró siguieron la obra con actitud interesada y respetuosa y, al final, aplaudieron cálidamente a los actores.