
El montaje de King Lear , tragedia de William Shakespeare (1564-1616), presentado en sendas funciones martes y miércoles en el Teatro Nacional (TN) por TNT Theatre (identificado en el programa de mano como Ensamble teatral TNT), grupo asociado a la compañía American Drama Group Europe (ADG), es una versión abreviada y reducida de la obra, en la que siete actores (cuatro hombres y tres mujeres) representan todos los papeles, con excepción del histrión que encarna solo al protagonista epónimo.
La abreviación del texto y la reducción del elenco no son por sí mismos factores perjudiciales para la calidad de un espectáculo de esta índole. En cuanto al texto, la mayoría de las obras shakespirianas necesitan algún acomodo en su extensión, siempre y cuando los cortes sean atinados y no quebranten el equilibrio esencial del todo.
Tocante al reparto, todavía recuerdo vivamente, después de casi 20 años, la puesta en escena innovadora y perspicaz de Hamlet traída al teatro Laurence Olivier (TLO) por The Actors Touring Company, de Gran Bretaña, en una adaptación para cuatro actores y dos actrices, en la que solo el personaje principal no era doblado.
Aquel montaje me pareció un ejemplo admirable de la manera de revitalizar y conferir actualidad a una obra clásica, realizada con la destreza característica de los actores británicos.
Traigo esto a colación para demostrar mi ausencia de prejuicios en contra de las escenificaciones reducidas de las obras de Shakespeare, con tal que la puesta proponga una visión esclarecedora de las significaciones de la pieza y los intérpretes exhiban la maestría histriónica y vocal requerida por los grandes personajes shakespirianos.
En este último sentido no me satisfizo el elenco que pisó las tablas del TN. Encontré que los personajes quedaron grandes a los actores, las voces masculinas me sonaron gritonas y las femeninas chillonas y a menudo el fraseo defectuoso de los parlamentos dificultó aún más la compresión de un texto de por sí denso.
Tampoco hallé que el montaje ofreciera algún enfoque novedoso de King Lear , más bien la propuesta del TNT me pareció harto convencional, pese al uso circunstancial y periférico de cantos y música instrumental, ejecutada sin distinción sobre el escenario por algunos del elenco, recursos que no contribuyeron nada específico a la obra y más bien estorbaban su desarrollo.
Iluminación plana, empleo torpe del espacio escénico, escenografía y vestuario deslucidos por igual rebajaron las perspectivas estéticas de la puesta.
Quizá un ejemplo resuma para el lector las numerosas deficiencias dramáticas y artísticas del montaje: en cierto momento, Regan, una de las hijas malvadas de Lear, se ensaña contra el duque de Gloucester porque permanecía fiel al Rey, y lo ciega, sacándole los ojos con arma blanca.
Esta escena de una crueldad horripilante debe estremecer de espanto al espectador, pero precisa mesura y buen gusto en la representación para no producir un efecto indeseado.
Eso fue lo que ocurrió en el montaje de King Lear del Ensamble teatral TNT, pues con risas y no espanto respondieron los espectadores cuando Regan tiró al suelo los extirpados globos oculares de Gloucester, que hubiera sido conveniente y apropiado dejar sólo a la imaginación del público.