
La selajinela es como la adolescencia, solo le falta el acné. La selajinela es una planta que crece en arroyos o quebradas, verde, pero que igual se torna anaranjada. Así la llaman en México. Por eso el autor Emilio Carballido, igualmente mejicano, nacido en 1925, la utiliza como metáfora de la camaleónica adolescencia.
Selajinela es, pues, el primer título de tres obras cortas de Emilio Carballido que el grupo Teatro Tiliche presenta en Giratablas. Los otros son Dificultades , uno, y Una rosa con otro nombre , el otro, para completar una presentación que los tilicheros han bautizado con el nombre de El encierro de Emilio .
Como elemento unificador, los tres textos muestran sentimientos de gente joven en una sociedad adultocéntrica, como si los personajes partieran del encierro a que han sido sometidos por los adultos y expresarse, entonces, por medio de interrogantes o de aseveraciones que, igualmente, interrogan.
Los dos primeros textos son monólogos. Selajinela es el de una muchacha colegiala. Dificultades es el de un joven maestro. Ambos monólogos tienen la riqueza inusual de expresarse como un diálogo interior, con esa fuerza en su introspección. El tercer texto es un diálogo sobre el amor y el sexo en una pareja juvenil.
Los problemas de este trabajo que ahora comentamos no están en la riqueza conceptual de los textos, sino en la propuesta escénica tan inexpresiva, llena de ausencias sígnicas. Hay un ahorro de escenografía que da al traste con el díctum de las obras, por lo que ese ahorro resulta abortivo.
La joven actriz Andrea del Valle, como Ofelia , en Selajinela , se precipita con sus parlamentos, como chorro de agua apaga-incendios, por lo que altera el ritmo de su monólogo, que más parece maratónica verbal, y no hay tiempo para masticar ideas sobre los dilemas de una adolescente. Eso, sin contar el maquillaje achiotado para simular un rostro con acné.
En Dificultades , el joven actor Andy Gamboa, como Ignacio , el maestro, responde bien a una propuesta adrede estática, que logra concentrar la solidaridad del espectador con la vida miserable del personaje. Es el único momento en el que podemos hablar de un buen trabajo de luces. En el tercer texto, el diálogo Una rosa con otro nombre , se impone la fuerte voz y buena dicción de Andy Gamboa por sobre los demás signos histriónicos, mientras Andrea del Valle no logra cuajar un personaje femenino, víctima del abuso y vengativa a la vez. Todo sucede en una cama y uno siente que la soledad escenográfica comprime demasiado la tensión dramática. Lástima.
El resultado deja más carencias que estímulos y más debilidades que logros, aunque valoramos el esfuerzo de este colectivo-teatro-tilichero por hacer tablas sin caer en trivialidades ni fruslerías.