Teatro Nacional. Función de estreno: domingo 29 de julio. 5 p. m.
Giuseppe Verdi (1813-1901) nunca se reconcilió con la acogida relativamente poco favorable de su ópera Macbeth , estrenada en 1847, y dedicó mucho tiempo a revisarla. Aún así, después de la modificación extensa que hizo para el estreno parisino, en 1865, tuvo que enfrentar la crítica de que desconocía a Shakespeare, cargo que le dolió profundamente y del que se defendió con vehemencia.
Macbeth es la tragedia más corta y concentrada de William Shakespeare. Muchos comentaristas la consideran la de alcance más potente, por el ritmo vertiginoso y arrastre ineluctable de la acción.
El traslado al teatro lírico hecho por Verdi y Francesco Maria Piave, su libretista, simplificó el argumento, pero la ópera dura casi el doble de la pieza teatral, de modo que la intensidad trágica y la eficacia dramática se sienten disminuidas. No obstante, la obra de Verdi y Piave mantiene buen grado de la tensión y complejidad psicológicas de los protagonistas regicidas, mayormente en el caso de Lady Macbeth.
La producción y la música
Para emprender una evaluación del montaje de Macbeth , estrenado por la Compañía Lírica Nacional (CLN) el domingo, en el Teatro Nacional, puesta en escena de Stefano Poda, dirección musical de Ramiro A. Ramírez, la soprano costarricense Guadalupe Kreysa y el barítono guatemalteco Luis Girón May en los papeles principales, me parece necesario separar la realización teatral y la interpretación musical del concepto estético que sustenta el espectáculo.
Primero, estimo verdaderamente laudable y hasta emocionante constatar cómo en el país se puede llevar a cabo, en forma exitosa, una labor artística de semejante envergadura y dificultad, con el concurso de diversas entidades estatales y académicas, la aglutinación de numerosos talentos y habilidades y el apoyo magnánimo de patrocinadores corporativos e individuales.
Luego, vocalmente Kreysa y Girón se oyeron firmes en proyección, los tonos y el volumen modulados de manera elástica, colorida y matizada. En el papel de Banco, me agradó la tesitura honda y la emisión clara del bajo Miguel Alfaro, a quien no recuerdo haber escuchado antes. En el de Macduff, el tenor Jorge Aguilar se mantuvo digno.
Hasta donde lo permitió el cariz hierático de la puesta de Stefano Poda, los cantantes procuraron prestarle sentido histriónico a los personajes. Sin embargo, en general la dicción me fue poco comprensible, quizá porque no estoy suficientemente familiarizado con la obra.
Además, el Coro Sinfónico Nacional no solo se oyó afinado y preciso, sus integrantes ejecutaron cabalmente las peculiares tareas escénicas que Poda les encomendó. La Orquesta Sinfónica Nacional cumplió con creces su cometido, según el alto nivel interpretativo que se espera de ella; las intervenciones de la banda interna fueron encomiables.
De esta suerte, pues, todos los aspectos musicales resultaron excelentemente logrados por la batuta experta de Ramiro A. Ramírez.
La estética de Poda
En lo escénico, Stefano Poda concibió una puesta fastuosa y rimbombante, de sugerente plasticidad cinética y marcado atractivo visual, en cuanto al vestuario, la escenografía y la distribución espacial, pero abstraída de la inmediatez y exigencia dramáticas de la tragedia, a las que sustituye una serie de cuadros metafóricos, ora recónditos ora evidentes, iluminados de manera imaginativa por Jody Steiger.
En ocasiones tuve la impresión de que el escenario se volvía una especie de pasarela en una necrópolis, en la que Shakespeare y Verdi eran prescindibles cuando no intrusos.
La excesiva y antojadiza estimulación visual, unida a la falta de consistencia dramática, me indujeron cierto empalago sensorial que, al extremo, se tradujo en hastío.
Mas al parecer yo me encontraba en minoría de uno, porque cuando la obra finalizó, el teatro entero, lleno hasta el tope, explotó en prolongada ovación.
Algo se ha escrito últimamente acerca de la maldición que pesa sobre las representaciones teatrales del Macbeth de Shakespeare, que expone a los participantes a accidentes e infortunios. Hasta ahora, esta presunta amenaza no tocaba a la ópera de Verdi. Después del montaje de Stefano Poda, ¿qué mayor desastre cabría?