El color de la tierra
Cantoamérica, 18 años: Manuel Monestel, dirección general, voz y guitarra; Marvin Brenes, bajo; Carlos "Tapado" Vargas, percusión; Franciso Buckley, congas; Gullermo Badilla, bongó; Carlín Castro y Sergio Chavarría, teclados; Roberto Huertas, flauta y voz; Alfredo Poveda, trombón y voz. Musicos invitados: Editus; Andrés León y Marcial Flores, trombones; Rodrigo Salas, Pepe Chacón y Bernal Monestel, percusión; Ricardo Molina, bajista; Héctor Murillo, tecladista. Bailarines: Ileana Alvárez y Oscar Chanis. Teatro Nacional, 17 de abril. Tiquetes: ¢500 a ¢2.000.
Fue una fiesta. Después de 18 años de bregar por los escenarios más insólitos y por algunos buenos festivales del mundo, Manuel Monestel nos regaló un concierto comme il fault. Intenso, agradable, instructivo, participativo y transgresor.
Monestel en su posición de aglutinor dio juego a sus ideas, a sus músicos y a los invitados. Conforme subía la temperatura del concierto, según el discurrir de las canciones, él, el valedor de un concepto, Cantoamérica, que considera que no es un fin sino un medio para poner sobre el tapete una serie de contradicciones y vicios culturales, nos bendijo con una magnífica sesión de pillaje cultural.
A diferencia de muchos grandes nombres de la música occidental que no cesan de expoliar en beneficio propio las entrañas de la tierra, ya sea en Africa, América Latina o Asia y lo pasan por la licuadora del pop, Manuel Monestel, desde una ética que desarma, dice, susurra, sugiere, narra la cotidianidad de Talamanca y el Caribe tico. El hecho de que no sea un buen cantante se antoja una circunstancia meramente accesoria. Monestel ejerce de comendador y antiestrella pues cantantes ya los hay y no debe exigírsele más.
Desde el referido concepto participativo se inició la velada. En la oscuridad rota por el talento de la guitarra de Edín Solís, que nos trajo, en Seguirá el amor, a la madre rumba, como diría el gran Eddie Palmieri, a quien seguramente le hubiese gustado participar en la suite percusiva de Talamanca, composición de Rodrigo Salas.
En la ejecución de esa pieza, él mismo, Bernal Monestel y Pepe Chacón estuvieron superiores. Cuánto amor en tres pares de manos y cuánta sabiduría vertida de aquellos tambores. Era el mismísimo color de la tierra. El valle de la Estrella o el rincón favorito de cualquier bribri o cabécar estaba en la sala. La lluvia, la fauna, la flora, el hablar pausado y, sobre todo, la cadencia silenciosa de los indígenas más ancianos se posaron en los cueros de los tres percusionistas. El remate fue Habitante eterno de la tierra, del propio Manuel, con la participación de cuatro de las mejores vocalistas del país. Un regalo.
A pesar de que el recital sufrió pequeños desajustes en el tiempo, la fluidez del espectáculo no se resintió por ello. Mediado el mismo, Monestel citó el nombre de Walter Ferguson, anciano trovador e inmóvil en su Cahuita natal. El grupo estrenó una pieza suya, Cabin in the water. Entonces nos inundó el calypso.
Luego volvieron las chicas para vestir con sus coros A una paloma, canción dedicada a la bailarina Ileana Alvarez, que en momentos puntuales voló por el escenario junto a su pareja de baile Oscar Chanis. Así, Monestel nos devolvió a ese mundo que Luis Monge -qué bueno que hubiese participado- a `el Caribe urbano' y volamos hasta el soñado Puerto España de principios de siglo y nos fuimos de carneval, como dicen los lugareños.
A la salud de Ferguson, Cantoamérica cerró con un inusual desfile por en medio de la luneta ante la dicha popular, que, puesta en pie, ovacionó largamente a los músicos.
No sería justo dentro del alto nivel musical exhibido obviar el trabajo de Carlín Castro, verdadero director musical del grupo, como se hace inexplicable la ausencia de Ramsés Araya, cuyo trabajo en Aribarumba es digno de destacar.
Precisamente ese disco y los nuevos que vengan harán que cuando Manuel Monestel tenga 75 años llegará un nuevo Ry Cooder que se enamorará de la cultura musical de este hermoso país y grabarán un nuevo Buena Vista Social Club y así el sociólogo travestido de músico ganará como sus colegas cubanos Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer y Eliades Ochoa, entre otros, el Grammy al mejor disco de música latina. Será, sin duda, agradable, aunque llegue un poco tarde.