
Una recuperación bienvenida de la sonoridad lustrosa y diáfana que ha sido atributo consuetudinario del desempeño de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) distinguió el quinto concierto de la temporada oficial del conjunto, el viernes, en el Teatro Nacional (TN), bajo la batuta de Giancarlo Guerrero como director invitado.
Con ello se hizo patente que los tropiezos estético-musicales, suscitados por el sonido tosco, áspero y opaco que señalé en varios de los conciertos anteriores de la temporada oficial, no son achacables directamente a la OSN sino que acaso fueron producto del manejo deficiente de los ensayos y aprestos previos a las presentaciones.
La función comenzó con la versión brillante y festiva de la Obertura de la ópera Ruslán y Ludmila , de Mijaíl Ivánovich Glinka (1804-1857), fundador de la decimonónica escuela nacionalista rusa. El argumento de la ópera, compuesta y estrenada, sin éxito, en 1842, se inspira del poema homónimo de Alexander Pushkin que, a su vez, se basa en un cuento ruso tradicional, cuya fábula arquetípica, llena de acontecimientos y personajes sobrenaturales, narra las andanzas del héroe Ruslán para rescatar a su amada, la doncella Ludmila, de las garras de un hechicero malvado.
Vale apuntar que el rendimiento del conjunto fue empañado momentáneamente por la notoria destemplanza del intercambio inicial entre oboes y clarinetes, desliz tanto más insólito por cuanto los instrumentistas están entre los más competentes de la orquesta.
A continuación, María Luisa Meneses, flauta principal de la OSN, modeló una interpretación límpida en sonido, fluida en fraseo y escrupulosa en estilo del Concierto N° 2, en re mayor, para flauta y orquesta KV 314, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791).
La pieza es una trascripción que el compositor hizo de su Concierto en do mayor para oboe y orquesta y data de 1778. El director y el conjunto apoyaron a la solista de modo meticuloso y cumplido.
Después del intermedio, Giancarlo Guerrero y la OSN plasmaron una versión expansiva, intensa y elocuente de la Sinfonía N° 5 en si bemol mayor, opus 100 , de Serguei Prokófiev (1891-1953), ilustre exponente del modernismo musical ruso de la primera mitad del siglo XX y entre los más importantes compositores del Estado soviético durante la dictadura de Joseph Stalin.
Prokófiev completó y orquestó la partitura en el lapso de dos meses, en el verano de 1944, a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército soviético había adquirido ventaja sobre la Wehrmacht y los alemanes se retiraban del territorio ruso, pero, aunque las circunstancias bélicas sin duda repercuten en el discurso sinfónico, los gérmenes de la obra remontan a mediados de la década de 1930, en tiempos de paz entre la Unión Soviética y Alemania.
El compositor mismo dirigió el estreno de la Quinta en Moscú, en enero de 1945, con inmenso éxito de crítica y público.
Tersa y potente se oyó la interpretación de Giancarlo Guerrero y la OSN, y la sonoridad se mantuvo pulida aun en los clímax fortísimos. La lectura resaltó el temple ominoso y amenazante del primer movimiento; en el segundo, destacó los ritmos motores y el ímpetu dancístico, así como los matices paródicos del episodio pantomímico; en el tercero, contrastó los elementos líricos y sombríos, mientras que en el cuarto puso de relieve aquellos aspectos lúdicos y sarcásticos que traen reminiscencias de una procesión fantasmagórica.
La solista, el director y la orquesta fueron muy aplaudidos por el público numeroso y, al final del concierto, los asistentes ovacionaron largo rato a Giancarlo Guerrero y la OSN.