La noche prometía ser impactante. No era para menos. Provenientes de la escena musical progresiva de Inglaterra, quizá la más productiva del momento, el grupo Ozric Tentacles por fin iba a extender en nuestro territorio sus famosas y musicales extremidades. Este es uno de los ensambles progres más conocidos desde su aparición allá por los ochenta y que contribuyeron a revivir el movimiento con sus indagaciones en el arte musical.
La noche prometía cosas que se cumplieron pero trajo consigo algunas otras que casi empañan el acierto de proponer un concierto así y en un lugar tan bello como es el parque InBio. Salgamos de las malas primero. Nunca nos enteramos de dónde surgió la idea pero si sabemos que fue pésima. Faltando un par de minutos para dar puerta alguien decidió que la fila sociológicamente aceptable en cuestión de género, una fila mixta, tenía que dividirse por sexos. Un mini caos que fue continuado por otra disposición algo extremista. No se podía entrar con objetos punzocortantes, entre ellos paraguas y lapiceros. Imagínese, había estado lloviendo y muchos venían de clases. Sin comentarios.
El otro detalle insoportable y final de esta quejadera fue el asunto del sonido. El grupo tuvo serios problemas desde un principio con uno de sus racks de efectos y así continuó hasta el final. Sumado a esto Oliver, el supuesto técnico de sonido del grupo, decidió que el volumen del micro asignado a las flautas era el correcto y no fue hasta las dos últimas piezas que finalmente se pudieron escuchar. Imaginen nuevamente más de dos horas viendo a un músico haciendo pantomima de flautista.
Pasemos, ahora sí, a lo bueno de la noche. Empecemos por aplaudir al grupo AntiMateria. Son de nuestra escena progre y de los buenos. Mario Duarte en el bajo y Daniel Vega en la guitarra eléctrica demostraron tener ideas y técnica. Por su lado Felipe Sáenz, que sabe tocar batería, necesitar aportar más figuras y más creatividad. Los tres van bien encarrilados. José Solís les ayudó en un par de temas con el didgeridoo , instrumento de viento australiano.
Después de varias horas de espera llegó el momento de Ozric. Sus ventosas se adhirieron de inmediato en nuestra piel y nos inyectaron profundas dosis de su típica fusión entre rock puro y el funk para producir un funkadelik matizado con elementos de influencia morisca. En la guitarra y teclados Ed Wynne condujo a la banda por senderos de gran fluidez musical. Al otro lado del escenario, Brandi Wynne su compa, sufría por el rack pero hacía lo suyo creando las también típicas secuencias de efectos cósmicos en el estilo de Ozric. Impresionantes hasta la baba fueron Metro en la batería y Greyum en el bajo. Poderosos. Impecables. Energéticos. Son la base rítmica que todo grupo desea. Finalmente, el mimo, digo el flautista, John Egan quien es un muy buen animador con sus danzas y chifladuras, pero por el momento y en mi opinión, nada más gracias a Oliver.