
Una recepción muy entusiasta de la audiencia obtuvo el joven pianista costarricense Sergio Sandí por su desempeño como solista en la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43, de Serguei Rajmáninov (1873-1943), figura señera del posromanticismo tardío ruso, en el sétimo concierto de la temporada oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), a cuya repetición matutina en el Teatro Nacional asistí el domingo 10.
Bajo la batuta de Hal France, director invitado, el programa se completó con las Variaciones concertantes , opus 23, del argentino Alberto Ginastera (1916-1983), al inicio, y la Sinfonía N° 2 , en re mayor , opus 43, del finlandés Jean Sibelius (1865-1957), al final.
Escrita en 1934 y estrenada por el compositor mismo, la Rapsodia se ha mantenido desde entonces como una de las obras favoritas del repertorio pianístico del siglo XX, tanto para ejecutantes como para el público.
Rajmáninov tomó el tema de la Rapsodia del vigésimo cuarto y último de los Caprichos para violín solo de Paganini y con base en él elaboró 24 variaciones. El mismo tema ha sido tratado de igual modo por compositores tales como Liszt y Brahms, entre otros. En sus informativas notas al programa de mano, Jacques Sagot sugiere que, dada la estructura tripartita y la disposición tonal, en su forma la obra se asemeja más a un concierto que a una rapsodia, y podría considerarse el quinto concierto para piano y orquesta de Rajmáninov.
Sandí modeló una interpretación nítida y luciente, muy segura en el aspecto técnico y de marcada sensibilidad en el musical; su dominio de la gama dinámica se evidenció mediante el sonido amplio, pero no golpeado, y los contrastes de tono que produjo del instrumento; además, mostró acentuada presteza rítmica y las frases se oyeron fluidas y conexas.
France y el conjunto acompañaron en estrecha ligazón con Sandí y alcanzaron un rendimiento orquestal encomiable.
Ginastera compuso las Variaciones concertantes en 1953 e Igor Markevitch dirigió el estreno ese mismo año en Buenos Aires. Concebida para orquesta de cámara, es una de las piezas latinoamericanas interpretadas con mayor frecuencia en las salas de concierto alrededor del mundo. Las 11 variantes se denominan concertantes, porque, al igual que los conciertos para orquesta de Bartók y Lutoslawski, por ejemplo, la obra requiere un desempeño virtuoso de los músicos principales de las distintas secciones instrumentales que, por turnos, se convierten en solistas.
Me pareció que la ejecución del conjunto y el director no superó adecuadamente los retos rítmicos y varios de los principales no estuvieron a la altura de las exigencias de la pieza. Sí cumplieron, en las cuerdas, el arpa (Ruth Garita), el violonchelo (Álvaro González), el violín (José Aurelio Castillo), el contrabajo (Carlos Vives); en maderas, la flauta (María Luisa Meneses), el oboe (Jorge Rodríguez), el fagot (Carlos Ocampo); en metales, el corno (Luis Murillo).
Me disgustó que France destacara con saludos individuales a unos y otros, ofuscando de ese modo la distinción para quienes realmente la merecían.
La Segunda de Sibelius se estrenó en Helsinki, en 1902, bajo la dirección del compositor. No obstante los tintes nacionalistas, la obra continúa la grandiosidad de la tradición posromántica decimonónica, pero, como en las cinco sinfonías siguientes Sibelius explorara un lenguaje orquestal más reflexivo y austero, puede estimarse que marca la transición hacia la etapa madura del autor.
France y la OSN forjaron una lectura elocuente, y articulada de manera escrupulosa, ora bucólica, ora dramática, ora solemne; las secciones se escucharon unidas y el sonido balanceado, así como calibrada la graduación dinámica, con los grandes clímax fragorosos e imponentes. En la conclusión, el público dispensó aplausos y vítores prolongados para Hal France y la Orquesta Sinfónica Nacional.