Cuarteto deJazz .Walter Flores, piano; Fernando Ulibarri, guitarra eléctrica; Marcos Navarro, bajo y contrabajo eléctrico; Gilberto Jarquín, batería.
Jueves 5 de setiembre del 2002. Jazz Café.
Del talento en ebullición del joven pianista Walter Flores ya hemos escrito en varias oportunidades.
Y, sobre el prometedor futuro del igualmente joven y talentoso guitarrista Fernando Ulibarri, también se pueden sumar algunos comentarios anteriores.
De ambos, en diálogo musical, esta será la primera ocasión y sospecho que no la última en la que podemos dedicarle algunos comentarios. La oportunidad de escucharlos reunidos en una sesión de jazz , me había creado una cierta expectativa y, a pesar de la lluvia de esa noche, fui a dar al Jazz Café.
La nutrida concurrencia fue la primera sorpresa agradable de la noche, condimentada además, por la presencia de un público muy joven que mostró interés por el acontecimiento musical y no tanto por el social, como suele ocurrir.
Hubo más sorpresas y la principal de ellas, obviamente, fue la música. El repertorio, en su mayoría, se basó en temas propios del pianista Flores junto con tres o cuatro composiciones de jazzistas connotados como el trompetista Clifford Brown y el guitarrista Pat Metheney.
Habría que resaltar la única composición del más joven de los cuatro músicos de la noche, el baterista Gilberto Jarquín, con la que supongo inicia su exploración en los laberínticos territorios de la creación y el arreglo musical.
La tendencia primordial de la noche fue el jazz de fusión. Algo de rock , algo de latino y algo de "algo más" se mezcló en las llamativas partituras de Walter Flores. En ellas percibimos, como siempre, esa diáfana actitud hacia la música que le ha llevado a componer y arreglar temas para Rubén Blades, Patricia Saravia o el Quinteto Miravalles, por citar los que me saltan al instante.
Igualmente, en la música de Flores se aprecia, ante todo, un sentido respeto hacia la formalidad estructural y, a partir de ella, a la provocación y la irreverencia.
La pieza titulada Obstinado en FA es un buen ejemplo de ello y algún día valdría la pena eque la interpreten un ensamble de músicos de cámara y de jazz . Otro par de temas, Manda y Landó Oscuro , resumen la sensibilidad de Flores, al absorber las claves del folclore latinoamericano e integrarlas en fusión con el funk o el world beat .
Por cierto, que esta es la primera vez que pude notar el sentido del humor en la composición de Walter y es en el tema Tuanis donde se refleja el desenfado, que puede ser humorístico, tan necesario cuando se liberara el espíritu creativo.
El cuarteto de la noche también fue otra de las buenas sorpresas pues, aunque ya hemos escuchado lo suficiente a Flores, a Navarro y a Jarquín, la incorporación de la guitarra de Ulibarri, más los temas de Flores, derivó en una consistente sesión de jazz en lenguaje criollo. He aquí lo más valioso de este encuentro: un jazz propio, de nomenclatura costarricense. Al piano, Walter transitó libre, creativo y con dominio de los acentos y volúmenes. En la guitarra, Ulibarri obtuvo niveles de expresión que en anteriores conciertos no había alcanzado. Su independencia de la partitura dejó entrever facetas más personales, lo que nos permitió apreciar mejor sus posibilidades como guitarrista, sobre todo en el juego con las armonías.
Jarquín, a quien he reclamado en el pasado un mal manejo del volumen en la batería, mostró mucho más control al respecto y, junto al bajista, logró una de las mejores bases rítmicas que le he escuchado. Navarro, por su lado, cuando optó por el contrabajo, impregnó el recital de madurez sonora.
En resumen, una buena sesión de jazz criollo, que nos hace pensar en que, a lo mejor, algún día podríamos tener nuestro espacio en el historial de este género.