POR AMOR AL ARTE. Adrián Goizueta y el Grupo Experimental. Adrián Goizueta, voz, guitarras y dirección musical; Rafa Chinchilla, piano, teclados y coros; Fidel Gamboa, guitarra, flauta, saxo y voz; Jaime Gamboa, bajo y coros; Joaquín Rivera, batería; Bernal Monestel, cuatro, zampoña, percusión y coros; Iván Rodríguez, violín, teclados y coros. Teatro Nacional, 16, 17 y 18 de mayo.
Con motivo del centenario del Teatro Nacional uno ya ha tenido la oportunidad de presenciar espectáculos de interés, mérito y calidad, de vivir noches solemnes por uno o varios motivos, y la del viernes no fue menos, pero sí distinta.
Resulta evidente que Adrián Goizueta es un músico querido por su público. Además, ha peleado lo suyo para alcanzar la posición que disfruta, pero ante los ojos comunes de un espectador curioso la tanda de conciertos Por amor al arte se mueve entre luces y sombras.
Las luces, sin lugar a dudas, las de Telémaco Martínez, que supo trabajar con sobriedad y agilidad el entramado luminotécnico para servir así un agradable ambiente cromático cuya finalidad era resaltar todavía más las canciones del tándem Adrián Goizueta-Fidel Gamboa, pero los músicos no tuvieron el acierto deseado.
Lo primero que llama la atención es el concepto del show en sí mismo. Qué necesidad tiene el cantante de autorrepasarse. Aunque no existe regla escrita alguna, ¿eso no queda para la profesión y se lo llama homenaje? Tal vez, el cantautor debería valorar mejor la exclusiva posición que disfruta en el panorama musical del país, la que le permite sentirse tan vinculado al Teatro Nacional, y desee, ahora sí, hacerle un homenaje durante tres noches. En cambio, no parece muy atractivo repasar una extensa y valiosa trayectoria como si el resto de la comunidad musical no existiese. "Somos músicos de primera línea", dijo apenas comenzar la sesión del viernes.
En ese repaso, extenso y, en ocasiones, exhausto, vinculado casi siempre al Nacional, a Goizueta se le fueron oxidando varios resortes. El primero, su actitud. Ese componente define el ideal del actor y el argumento de cualquier evento. El segundo, algunas de las canciones, que claramente no han sobrevivido a la coyuntura en la que nacieron. Y, en tercer lugar, la música.
En el fondo y en la forma, Adrián Goizueta no deja de ser un cantautor con intereses en muy distintas áreas musicales, que no acaban de definirse, ni mucho menos ensamblarse. Al espectador atento, que lo observa y lo escucha rodeado de la parafernalia habitual del rock, no acaba de entender ese discurso que bascula cerca de la música de cámara, pero carente del rigor y el color precisos; luego, trepa por los aledaños de un rock ya superado en el tiempo y que, por último, remite a un mal entendido jazz fusión, muy ligero de contenido. Ese caos sonoro confunde a cualquiera.
Las soluciones que aporta la nutrida sección de percusión, verdadera pulsión latina del grupo, no puede por sí sola sacar adelante tal rompecabezas. Por cada momento agradable que ofrecieron, que los hubo, el auditorio cariñoso y solícito recibió una dosis de pasado. Esa fue la conclusión lógica de cantar Compañera, en el tercer bis. Un flaco favor que Goizueta se hizo a sí mismo, por la mera vanidad de darse un baño de aplausos. Cualquier músico cuyas metas consistan en mirar al frente no hubiese cedido a la tentación, que, al fin y al cabo, fue la trampa que tejió él mismo a lo largo de las dos horas de autohomenaje.