John Patitucci Trío. Intérpretes: Ed Simon, piano; Antonio Sánchez, batería; John Patitucci, bajo. Jazz Café. Jueves 20 de mayo, 2004. 10:00 p. m.
Como era de esperarse, pues no había otra alternativa, este concierto fue sobresaliente, único en su especie. Y no había alternativa pues sencillamente estaban ahí, sobre el escenario, tres de los músicos más célebres e influyentes del jazz contemporáneo. Tres espíritus creativos, complejos y depurados que contribuyen a que el arte musical sea cada día una nueva aventura, provocando el asombro, el éxtasis y la conmoción del alma.
El trío de John Patitucci rebasó la expectativa y la incertidumbre que el público nacional tenía respecto a cada uno de sus integrantes y especialmente en la figura del connotado bajista. Cuando se confirma todo lo que se dice y se piensa sobre un músico, y uno se queda a medio camino en esa figuración puede suceder que el ejercicio de descifrar su creación musical sea ligeramente opacada por el impacto de esa realidad. Patitucci no dejó ninguna duda de por qué se ubica en la vanguardia de su instrumento. Sobresaliendo, insisto, por encima de lo que se esperaba de él, nos obsequió una clase maestra de contrabajo e inolvidables momentos con el bajo eléctrico.
Mas allá, mucho más allá de la impecable técnica de cada uno de estos músicos siempre estuvo presente, desde los primeros acordes, la serenidad de la belleza musical. Efectivamente, Patitucci es un maravilloso compositor de jazz y un arreglista poseedor de un extraordinario lirismo y, desde luego, un gran ejecutante. El jazz creado a la manera de Patitucci y sus músicos, conduce al refinamiento del espíritu y convoca lo mejor de un ser amante de la verdad. La música cumple su función social allanando los terrenos de la indiferencia, obteniendo una sólida unión de aquellos que la escuchan. Arte que fraterniza.
Este concierto no se podrá olvidar tan fácilmente porque hubo en él una comunión insólita, como pocas veces he podido observar, entre la audiencia y el músico. Algo sucedió, algo gloriosamente mágico, esa noche en Jazz Café, porque el silencio del público fue total y constante. La concentración fue absoluta. Los músicos apreciaron esa energía y nos la devolvieron en una espléndida sintaxis musical que nos permitió comprender por qué en este asunto del jazz hay que amar para tocar.
Desde la primera acometida de Patitucci en su instrumento comprendimos que la sesión iba a ser una experiencia total: extensos tramos de improvisación, sincronía absoluta, creatividad constante, diálogos novedosos, giros insospechados y un equilibrio entre todos los elementos que conforman la música jazz.
Edward Simon es el tipo de pianista que necesita un bajista como Patitucci. Ambos son viejos socios musicales y se manifiestan con un entendimiento bárbaro, pleno y ascendente. En la batería, Antonio Sánchez, provocó a los guerreros percusivos que somos los latinos, abriendo un ramillete de insospechadas figuras en su instrumento para obtener aclamaciones del público.
El repertorio de este concierto estuvo formado por algunos temas de sus últimos dos discos. El arreglo de una de las canciones de Antonio Carlos Jobim, Chovendo na Roseira, podría quedar para una antología de instantes perfectos. El sonidista costarricense, Guillermo Gómez, se apunta un éxito en su trayectoria pues obtuvo un nítido trabajo de amplificación en correspondencia al volumen del grupo.